Descripción
Estamos en el origen, y el origen es un paraíso y lleva el nombre del Edén. Podría ser esto el hilo de Ariadna que Teseo, el lector, lleve en la mano para no perderse en el laberinto de los siete cuentos que componen este volumen. Pero quizá el asunto sea también este: dicho volumen no es la consistencia que cobra una materia respecto de cierta cantidad acumulada, sino que consistencia aquí equivale a un concepto que se revela una vez realizada una sutil maniobra: son siete cuentos montados sobre un solo y único detalle: La joroba. ¿Qué es esto? el lector puede sospechar: ¿acaso Teseo dispondrá de la madeja pero asimismo irá perdiéndola a medida que consiga internarse en la casa narrativa de Jozami? Hay un cuento, de hecho, sobre la sospecha. Sobre esa clase de género donde la tensión y la intriga tiran los hilos del argumento hasta entregar claves que develen dosificadamente la causa de dicha sospecha o su acabamiento implacable: quién perpetrará el crimen, o la serie de crímenes, y porqué. Ahí se ve paradito, sin duda, el género policial con todas sus luces clásicas, pero el autor no se queda cómodo y jugará su apuesta probando con una inversión: el criminal es presentado de entrada sin que este dato suprima la tensión inherente a la historia. Otra clave: puede insinuarse un pedido tácito, secreto, en esa joroba. Que el lector emule a un jorobado e ingrese al volumen -como a una casa o un laberinto- agachado, como si en esa oblicuidad o contorsión del cuerpo estuviera la forma en que se logra captar el quid de estos cuentos, la materia que los une. Y entonces cada lector avanza mirando hacia el suelo, notando el sopor de los pasos y asiste a un universo de detalles: gestos y objetos múltiples, más o menos cotidianos. Son personajes, todos, por lo demás de carne y hueso que se mueven o parecen moverse como si fueran de carne y hueso. Sin embargo a la menor distracción el autor nos cambia las reglas, y resulta que pronto el secreto se revela transformado: habíamos estado con ángeles o con muertos, o sosteniendo una conversación en un presente dislocado, inclinado gravemente hacia el pasado, o armando la biografía de solo un trozo de nuestro cuerpo. Jozami juega de tal modo con el paraíso de los géneros, pero les ve su joroba y se monta sobre ella para mirar el mundo y ofrecérnoslo en sus diversas sombras.
Gabriel Pantoja