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Preguntas de mi tamaño, una apuesta a la literatura infantil: ¿Cómo sería la adultez si en la infancia leyéramos filosofía?

Criatura

Preguntas de mi tamaño es el nombre de la colección infantil que inauguramos en Editorial Cartografías, bajo la dirección del Licenciado en Filosofía y maestro de primaria Juan Andrés Salinero. Porque nos movemos entre el arte, la filosofía y los cuentos y porque nos gusta charlar sobre lo que nos pasa es que queremos introducirnos en el mundo de la literatura infantil.

El primer libro de cuentos es: ¿Qué es una criatura?, con texto del escritor, poeta, Licenciado en Filosofía Joaquín Vazquez; y las ilustraciones son de Caterina Barrera, una diseñadora industrial que se fascinó con el mundo de la ilustración editorial.

El director de la colección cuenta que esta propuesta surge del intento de proponer libros destinados a las infancias que tengan una trama que invite a preguntas filosóficas. “Acercar las infancias a la filosofía a través de narraciones que nos permitan preguntarnos sobre diferentes cuestiones esenciales a la filosofía y a nuestras propias existencias”, dice Salinero. “La idea fue hacer un material diferente de lo que circula como literatura infantil, de proponerles a lxs niñxs esta literatura narrativa que tiene que ver con las preguntas específicas de la filosofía, los qué, los por qué, los fundamentos de las cosas, y un intento también de desnaturalizar el mundo de la vida”.

-¿Cómo se vincula la filosofía con la ficción?, le consultamos a Joaquín Vazquez, autor de ¿Qué es una criatura?, alguien con 10 años de experiencia como docente de Filosofía en la escuela primaria

-Es una pregunta hermosa para la que me encantaría tener una respuesta genial, pero lamentablemente no la tengo. A la filosofía solo la puedo pensar desde su encarnación, es decir, la filosofía es sobre todo, para mí, experiencia, y, como tal, nos transforma. Cuando nos damos cuenta ya estamos en ella, atravesados, preguntados por una circunstancia. En ese sentido, lo único que puedo decir es que, al escribir este libro, me encontré con que el nudo de esa trenza ya estaba ahí, hecho.

Siempre me resultó mezquina esa idea deleuziana que dice que la filosofía es creación de conceptos. No digo que eso no sea filosofía, digo que eso es apenas una parte, que me resulta aburrida. En cambio, si la concibiéramos como experiencia, en sentido benjaminiano, no nos sorprendería que nos saliera al cruce en la ficción, en la infancia o en un aula. En todo caso, creo que no se trata de agregarle nada a las cosas, sino de vérselas con ellas. No se trata de hacerse el capo y repetir de memoria y de corrido “cuáleselsentidodelavida/quéesla muerte”. No. Es el encuentro auténtico con las cosas el que enrarece lo evidente. Estar dispuestos a vérnoslas con algo es, quizá, la única garantía para que ese encuentro tenga un sentido único, a veces fugaz, otras veces emotivo.

En eso que se escurre, que se pierde creo que la filosofía se vincula con la ficción. Hacemos ficción para atrapar un sentido, y el reverso de lo que la ficción captura es siempre una pregunta filosófica, porque esas preguntas nos constituyen, son una invariante que define a lo humano. Entonces, para cerrar, me parece que, por debajo de la ficción, por debajo de las historias que nos contamos, por debajo del relato con el que erigimos verdades en pedestales o las destruimos a martillazos hay una inquietud que late, vibra y vive como pregunta filosófica.

-¿Cómo surge la idea de ¿Qué es una criatura?

-Escribí el cuento unos días después de un llamado de Juan Salinero, en el que me invitó a abrir la colección Preguntas de mi tamaño. No demoré mucho en saber qué era lo que quería escribir porque se me vino a la mente una historia que le conté a mi hermana cuando éramos chicos. En realidad le mentí. Ella, en un viaje a Villa Gesell, me preguntó por qué íbamos de vacaciones ahí. Le dije que íbamos ahí para recordar cómo la habíamos encontrado. En esa época yo le decía a mi hermana que era adoptada. Imaginate que yo tenía ocho y, ella, cuatro. También le dije que la habíamos encontrado en la arena. Nunca me creyó, pero todavía nos reímos de la historia. Ese fue el germen del cuento.

-¿Cómo fue el proceso de escritura?

-Creo que fue el proceso de escritura más largo de mi vida. Desde aquella mentira hasta que escribí el cuento pasaron veintidós años. Después cambié varias cosas, saqué y agregué detalles y elementos, pero ya estaba casi todo decidido. La invitación de la editorial fue el catalizador para escribirlo.

-¿Por qué incluir una serie de preguntas para trabajar en clase?

-Lo de las preguntas fue decisión de la editorial. Me parece que está bueno abrir el juego de la interpretación, ampliar las asociaciones con algunas preguntas, a modo de disparadores, pero creo que excede lo áulico. Creo, también, que hay que despedagogizar la inflexión de lectura en la infancia. Un niño, una niña pueden también leer filosofía por placer, por fuera de las aulas, aunque ni siquiera haya un espacio escolar destinado a la filosofía en el primario, salvo honrosas excepciones, y aunque no parezca existir (¿aún?) una opción de mercado que atienda a esa posibilidad.

Que haya preguntas es también una forma de hacer que la colección se diferencie de otras propuestas de literatura infantil. Hay que aclarar que las preguntas que acompañan al libro son preguntas filosóficas, alejadas de cualquier afán aplicacionista. También dan cuenta de que desde este lado de la editorial hay voluntad de entablar un diálogo con lxs lectores y de abrir el espacio para una reflexión compartida entre un lector y su entorno, porque es un mito eso de que la lectura es un acto solitario. Cuando el libro interpela, uno tiende espontáneamente a compartir lo leído con alguien; enseguida mandamos una captura de pantalla, una foto, etc. Cuando leemos pensamos en otras personas, les decimos “cuchá esto”, “mirá”. Quizás sea descabellado pensar esto, pero no sé si alguna vez existió una generación de infancias lectoras de filosofía. ¿Cómo sería la adultez de esas infancias? Creo que esta colección abre la posibilidad de empezar a pensar en esa dirección.

Acerca del trabajo conjunto con la ilustradora, Joaquín dice: “Fue hermoso. Tanto Caterina como yo somos de Merlo. Nos conocemos de allá. Ella es muy talentosa. Siempre me gustaron sus ilustraciones. Cuando tuve el texto definitivo fue la primera persona en la que pensé”. Y agrega: “Después, cuando vi las primeras pruebas que me pasó, reconfirmé aquella intuición. Los colores, las texturas y las técnicas que usa hacen de la experiencia de lectura algo único. Me encantó ver cómo tomaba cuerpo el cruce de lenguajes. Me parece también que hay una identidad artística muy notoria en lo que hace Caterina, no tan fácil de encontrar”.

Caterina Barrera, con 24 años, recién recibida de diseñadora industrial y actualmente cursando una certificación de diseño gráfico, dice que siempre le gustó el mundo de la ilustración, pero esta es su primera experiencia con un libro. “De chiquita me la pasaba dibujando y en el secundario me encantaba tener la cartuchera llena de lápices raros y microfibras de diferentes grosores. Hace unos tres años descubrí la acuarela y me parecieron hermosas las transparencias que se podían lograr y la liviandad de la técnica, así que a partir de ahí empecé a interiorizarme más”, narra. “De a poco fui encontrando lo que me gustaba hacer, que principalmente está ligado con las caras y los cuerpos sin perder la mancha y las imperfecciones de la técnica, que para mí quedan bellísimas”.

En ¿Qué es una criatura? se luce esa técnica que explota Caterina. “Cuando Joaquín me llamó para contarme la idea y proponerme hacerlo juntos le dije que sí sin dudarlo. El mundo de la ilustración editorial me parece fascinante. Así es que me envió su cuento escrito, y me dio total libertad de interpretarlo como yo sintiera”.

Y Caterina experimentó con diferentes texturas y materiales, además de la acuarela, para provocar en los pequeños el mayor estímulo visual posible. Incluso sumó la ilustración digital. “Al leer el cuento por primera vez me dio la sensación de que tenía múltiples niveles de interpretación y un grandísimo trasfondo, según cuánto uno quisiera profundizar. Y si hubo algo de lo que estaba segura fue que no quería influir con la ilustración de manera directa con lo que decía el texto, así que decidí que los dibujos acompañen, pero que, a su vez, también tengan libre interpretación”.

La colección en general y este primer título en particular apuntan a que la niñez tenga espacios que habiliten replantearse, cuestionar y seguir descubriendo el mundo con ojos curiosos. Como dice Vazquez: “Hace milenios que merodeamos las mismas cuestiones y, aunque las respuestas cambien, seguimos compartiendo las mismas inquietudes. No necesitamos agregar conceptos, ya todo está ahí, en la infancia. Lo que necesitamos es aprender a escuchar lo que nos dice esa alteridad”.