Un diálogo más en Multiverso, el último del año en este espacio de poesía sub-35. Esta vez la conversación fue entre Sofía Castillón, editora de PINAP —editorial que viene desarrollando una intensa y sostenida labor en el campo de la poesía contemporánea—, y el poeta y músico Bebe Ponti.
A lo largo del intercambio, ambos reflexionan sobre la escritura actual, la poesía joven, la circulación de las obras y los cambios culturales de época. Uno de los ejes que más resonancia genera es la afirmación de Ponti de que, aunque hay una gran vitalidad poética entre los jóvenes, “se escribe muy poco de amor”, una idea que atraviesa el intercambio y abre preguntas sobre los vínculos, el poshumanismo y las nuevas formas de lo amoroso en la poesía contemporánea.
Sofía: —Bebe, vos organizás también un ciclo de poesía y estás muy familiarizado con lo que se escucha, con lo que se escribe hoy. Y a mí me gustaría conocer tu opinión: ¿cómo caracterizás la poesía joven, siendo que este es un espacio dedicado principalmente a poetas sub 35? Yo ya no cumplo esa condición, pero me gustaría saber qué pensás.
Bebe: —Me parece que hay muchos jóvenes que están escribiendo poesía. Yo veo un momento de mucha vitalidad poética. Me llama un poco la atención que están fragmentados los espacios poéticos, ¿no?, por lo menos comparándolo con mi época, cuando yo recién llegué de Santiago del Estero y frecuentaba los ciclos literarios. No había tantos como ahora; estaba más mezclado, había jóvenes con gente mayor, como nosotros. Hoy veo, sin embargo, que los jóvenes no frecuentan algunos ciclos donde están los adultos.
Esa es una de las cosas que veo, pero me llama la atención la cantidad de poetas jóvenes que hay y veo un período de muchísima vitalidad. Creo que eso tiene que ver con que la poesía también es emergente de la realidad. Estamos viviendo un período de poshumanismo y me parece que la adhesión de la juventud al hecho poético tiene que ver con el factor de catalizador que a veces tienen los movimientos culturales o artísticos, o el hecho poético, respecto de un proceso de transformación profunda que vive la humanidad, que vive el mundo, ¿no?
Veo voces interesantes, muy buenas. Recién hablaba con Luis Benítez, que hizo una antología de poetas que publicaron en el siglo XXI. Me dediqué a leerla, la sigo leyendo; donde estás vos también, está Agustín Mazzini y muchas voces jóvenes que me llaman la atención. Trato de ver qué tradición está presente en ese lenguaje. En algunos encuentro algunas voces; en otros me cuesta un poco, pero confirma la idea que yo tengo de un período de muchísima vitalidad poética.

Diálogo entre Sofía Castillón y Bebe Ponti
Sofía: —¿Y cómo pensás que se escribe hoy? Más allá de que se está escribiendo mucho y de que se circula en diferentes tipos de espacios, que están un poco más atomizados, vamos a estar de acuerdo en eso. También hay otros espacios distintos de circulación, de los cuales no siempre participamos todos, como son las redes sociales. Yo veo mucha circulación de poesía joven en redes sociales que quizás no escucho tanto en ciclos o que no veo tanto en revistas. ¿Vos notás que hay como una voz o alguna preocupación particular de época?
Bebe: —Sí. Encontré mucha poesía social, por ejemplo. Me llamó la atención. No es una poesía panfletaria, pero veo que muchos de los jóvenes poetas tienen un gran compromiso político y social. Me reconcilia leer ese compromiso de los poetas nuevos con la realidad social, política e histórica.
Veo también un aferrarse a las circunstancias familiares, por ejemplo. Antes no se escuchaban tantos poemas familiares. Ahora, sin embargo, distingo en las voces poéticas contemporáneas muchos poemas dedicados a su entorno afectivo. Noto también que se escribe muy poco de amor. Y a mí me parece que la poesía está atravesada por tres factores: la historicidad, el compromiso y lo amoroso. Pero se escribe poco de amor.
Sofía: —¿Por qué creés eso?
Bebe: —Porque está cuestionado el amor tal como se lo concebía antiguamente. Yo me considero un antiguo, digamos, a la hora de pensar el amor. Pienso el amor como un hecho de pasión, y probablemente el poshumanismo cuestione la forma de los vínculos que tienen los seres humanos actualmente. Así que no sé, creería que es por eso. No quiero hablar más, me quedo ahí nada más. Me parece bárbaro que así sea, por un lado. Por otro lado, creo que hay un poco de miedo también. No está el amor presente en las nuevas producciones poéticas contemporáneas, y el amor siempre estuvo presente: desde Safo hasta Catulo, desde Lorca hasta Neruda.
Sofía: —Yo me pregunto si no está presente el amor o si no están presentes las instituciones como las conocemos, ¿no? Lo amoroso en términos más tradicionales. Porque pienso que, si hay una generación que está escribiendo sobre lo familiar, sobre los vínculos, y aparece quizás la figura de la madre o de la abuela, ahí también está lo amoroso, ¿no?
Bebe: —Sí, no. Yo me refiero al amor como un hecho familiar, me refiero al amor entre dos personas que se aman, en una pareja, cualquiera sea. Eso me llama la atención. No hay un abordaje de la poesía amorosa. Y a mí me parece que la poesía amorosa siempre estuvo, desde Ovidio, repito, desde los clásicos hasta la Generación del 27.
Sofía: —¿Y cómo lo ves en la música? Voy a aprovechar a preguntarte por eso: ¿qué pasa con la música joven o la música de hoy en día? ¿Qué pasa con esa poética, con esas letras?
Bebe: —La poética de la canción popular habla mucho del amor, pero no habla bien. Yo escucho mucho a los jóvenes, leo mucha poesía de los jóvenes y escucho también a los jóvenes intérpretes: canciones, rap, trap, folclore, tango. En algunos casos se habla del amor, pero se habla mal del amor; se habla desde la procacidad o desde la falta de compromiso.
Entonces, también en la canción se habla del amor como artefacto. La poesía también es un artefacto, pero el artefacto en la canción busca otra cosa: busca el comercio, porque la canción está vinculada a la industria de la diversión y también a un hecho comercial masivo. Entonces, los chicos que están escribiendo sobre amor, sobre todo las chicas —hay muchas chicas escribiendo—, el abordaje es así. Hay un caso, por ejemplo, el de Shakira, que me pareció interesante: escribió desde el despecho y ahí había pasión. Tuvo que llamar a dos argentinos para que fueran a arreglar eso: uno es Bizarrap y el otro Santiaguito Alvarado, que son de aquí, de Argentina, y a un poeta colombiano para que le arregle la letra porque estaba muy enojada. Tuvo un éxito tremendo, millones de reproducciones.

Bebe Ponti lee poesía en Multiverso.
Sofía: —Ahí voy a meter cuchara como fan de Shakira. Ella es una gran compositora. Ahora hizo un producto que, vamos a estar de acuerdo, es muy comercial, que se vende y se ha vendido muy bien, pero no es la expresión poética que ella ha mostrado que puede hacer. Ya lo mostró en el pasado.
Yo veo que hay una tendencia de varios artistas de la música que han demostrado que pueden abordar cierta profundidad cultural, ciertas inquietudes, cierta sensibilidad en otro tiempo, y que ahora están deliberadamente eligiendo hacer cosas más simples, pero que evidentemente tienen mucho impacto comercial.
Bebe: —Es así. En la canción hay una búsqueda comercial; eso no quiere decir que a veces un artista esté atravesado por el dolor y manifieste en su creación un hecho doloroso. A mí personalmente me parece que tanto la poesía como la canción deben nacer del dolor. Yo creo que la belleza nace de la falta y que las grandes canciones, como las grandes obras literarias, tienen como fin exorcizar la angustia.
Sofía: —Voy a preguntarte por una cuestión que está un poco en agenda últimamente: ¿qué es esto de escribir poesía con inteligencia artificial? Y preguntarte de manera abierta: ¿cómo ves esto?, ¿cómo ves el futuro de la poesía con estas herramientas?
Bebe: —Me parece que estamos en un período de consolidación de nuevos paradigmas y de poshumanismo. En ese sentido, creo que la disputa se da en el lenguaje. Esa es la gran disputa. Me parece que los movimientos culturales y artísticos van a ser nuevamente catalizadores de este proceso disruptivo que tiene que ver con la aparición de la robótica y de la inteligencia artificial. Se está cuestionando el lenguaje. Nosotros no sabemos si dentro de veinte años vamos a poder escribir o va a escribir un robot. La inteligencia artificial llegó para quedarse, pero la disputa está en la palabra. Tanto está en la palabra que Paul Éluard hizo un poema ejemplar con la palabra “libertad”, o Miguel Hernández. A partir de ahí, toda la poesía universal toma la palabra libertad como un hecho de liberación de los pueblos. En el caso de Paul Éluard, contra el nazismo; en el de Miguel Hernández, contra el franquismo; y en Latinoamérica también.
Sin embargo, hoy la palabra libertad es patrimonio de un movimiento neonazista, neofascista y neoliberal como el que encarna la gente que está en el gobierno actualmente. Por eso creo que la disputa se va a dar en ese territorio.
Por ahora, la inteligencia artificial no puede lograr la perfección de Borges: es una gran plagiadora, porque lo que está haciendo es plagiar la maravillosa creación de la condición humana durante siglos. Pero no sé qué va a pasar. No sé si va a seguir existiendo la poesía tal como la concebimos, o la literatura, o la novela, o si dentro de veinte o treinta años va a escribir la inteligencia artificial.
Eso plantea cuestiones de derechos de autor y problemas muy complejos. Hay que ver si no va a haber una ruptura en la condición humana. Si hay un triunfo de la era virtual y de la robótica para esclavizar al ser humano, necesariamente tiene que haber una ruptura. Si una parte muy minoritaria de la población va a avanzar hacia estadios increíbles, la otra parte probablemente vaya a convertirse en fauna urbana, que ya no va a existir ni en la selva ni en los bosques.
Sofía: —A mí me parece muy interesante esta idea del ser humano esclavizado. Yo soy docente en una universidad y mis alumnos son ingresantes. Lo que me llama la atención es que, cada vez que les doy una actividad, me la mandan hecha con inteligencia artificial. También lo reconozco, porque hay ciertas simetrías y patrones que, después de leer cincuenta trabajos más o menos parecidos, uno detecta.
Pero además, lo que más me preocupa es que no veo que mis estudiantes estén siendo esclavizados o dominados, sino que más bien están delegando voluntariamente esa facultad de pensamiento, ese deseo de aprender o de crear. Yo doy clases en la escuela de artes: hay músicos, chicos que hacen diseño gráfico, pintura, y de repente veo esto de “lo hago con inteligencia artificial porque sale más rápido”.
Ese culto a la velocidad, que termina siendo como la cumbre del capitalismo, del mercado que nos pide mayor eficiencia, mayor productividad, mayor velocidad, sin detenernos a pensar qué estamos haciendo, de qué manera estamos produciendo y cuál es el producto que estamos creando finalmente.
Y cuando escucho estas músicas —ahí me voy a poner un poco vintage—, no distingo a las cantantes de ahora: me suenan todas iguales. Me parece que todo es una canción muy larga, cantada por una sola persona, sin matiz y sin la cuestión de la contradicción, que me parece fundamental para el artista: desear y no desear, sentir y al mismo tiempo estar en conflicto con ese deseo. Eso es lo que potencia el arte. Y cuando no veo eso, me preocupo por el ser humano.
Bebe: —Está bien que te preocupes, porque no hay creación sin tensión. La creación nace de una tensión, de una contradicción, de interrogantes muy profundos. Esa es una tarea que por ahora no vamos a poder develar.
Lo que sí podemos hacer es resistir, o hablemos de desafíos: resistir desde el lenguaje. Por eso ubico la disputa de la contemporaneidad en el lenguaje.
El lenguaje va a jugar nuevamente un rol estratégico en este período de novedad. Tengo una suerte de optimismo histórico, porque si me quedo en el pesimismo histórico pienso que no tiene sentido seguir viviendo. Creo que se puede revertir esta situación y que este proceso que ya llegó para quedarse sea usado para beneficio de la condición humana y no para destruirla.
Estamos en vísperas no solo del fin de la historia, sino quizá del fin del lenguaje tal como lo conocemos, con un lenguaje nuevo. Por ahora, vamos a aferrarnos a los paradigmas que conocemos. Esa es la idea con la cual yo escribo.
Yo escribo en esta etapa de mi vida como un ejercicio existencial, para exorcizar la angustia. Y también —acá está mi psicólogo, que no sabía que era poeta—, fue mi psicólogo Daniel Riquelme, a quien saludo. Escribo también porque la poesía produce dopamina: cuando uno termina de hacer un hecho artístico se genera dopamina. En lugar de tomar antidepresivos, se podría escribir. Ahí estamos de frente a la condición humana.
Por Verónica Dema