La conocemos como poeta. Su voz —precisa, musical, atenta a la respiración de la frase— viene resonando desde hace años en la poesía. Pero con Cruza (Concreto Editorial), su primera novela, Camila Vazquez confirma que esa poética no se abandona al pasar a la narrativa: se expande. La prosa no descuida la música ni la imagen; al contrario, encuentra en ellas su forma.
El libro nace de un sueño. O, mejor dicho, de un mandato: “Vos querés escribir un sueño”. Camila dice que no fue algo que entendió racionalmente, sino algo que le pasó. La escritura de Cruza surgió de “un vórtice muy vital, en el que no hay decisión ni claridad”. Esa imagen inicial —misteriosa, revelatoria— la acompañó como un llamado que no podía postergar. “No podía seguir si no lo escribía”.
El sueño no funciona como recurso ornamental, sino como estructura. La novela avanza por asociaciones, por atmósferas, por una lógica no lineal que la autora reconoce recién a posteriori. En el momento, simplemente se impuso. “Cuando acepté ese pacto con el sueño, curiosamente la historia fue avanzando”. La forma fue encontrando su cauce en esa deriva que desconfía de la trama cerrada y elige, en cambio, la incógnita.

Epígrafes en Cruza, de Camila Vazquez.
En el centro emocional del libro laten la muerte de la madre y la experiencia de la adopción. Sin embargo, Vázquez rehúye la etiqueta de lo autobiográfico. Durante mucho tiempo le dio pudor escribir sobre sí misma y quiso escapar de las lecturas reduccionistas que a menudo encasillan a las mujeres en la autoficción. “Esto es una novela”, afirma. Si parte de un núcleo biográfico, lo hace para ficcionarlo, agrandarlo, distorsionarlo. “Estos personajes no son las mujeres de mi familia: son personajes de una novela que yo construí”.
La ficción, lejos de traicionar la verdad emocional, la vuelve posible. Después de casi cuatro años de correcciones y versiones, comprendió que no debía serle leal a lo biográfico sino al texto. “Podía inventar, agrandar, distorsionar”. Esa distancia le permitió aliviar el recuerdo y seguir escribiendo. Como si la literatura, al tensar la realidad, ofreciera otra forma de verla.
Cruza también tensiona la idea de identidad como algo fijo. En sus páginas aparecen mujeres “gringas, criollas, de pueblos originarios, mestizas, migrantes”, figuras que desarman el relato homogéneo de la blancura argentina. La identidad no es estanca: es conflicto, mezcla, cruce. En ese sentido, el título condensa una ética y una forma. Cruzar provincias, lenguajes, linajes; cruzar también como exhortación: “cruzá”. Atreverse a salir del lugar del daño, imaginar otra vida posible.

Cruza (Concreto Edotorial), de Camila Vazquez
Si la novela desafía las fronteras genéricas —¿novela, autobiografía, diario?—, la autora no duda en nombrarla novela. “Me parece que la novela tiene esa flexibilidad que permite contar una historia desde muchas formas”. Híbrida, sí; pero sostenida por una voz que viene de la poesía y no la abandona.
“No creo que haya, en términos vitales, un límite entre poesía y narrativa”, sostiene. Leer y escribir poesía modifica el vínculo con el lenguaje: la música importa, el ritmo, la pregnancia de la imagen. “Estoy en contra de la idea de que para narrar hay que suprimir la búsqueda sonora”. En Cruza, esa búsqueda está viva. La poeta sigue ahí, respirando en cada página.
Después de escribirla, Camila dice que extraña la novela. Extraña ese “pulso azaroso y asociativo” con el que convivió durante años. Y entiende algo más: que no hay por qué quedarse en un solo género. Se puede escribir lo que una quiera, aunque no siempre se sepa hacia dónde conduce el cruce.
En Cruza, la narrativa no abandona la poesía: la cruza. Y en ese gesto encuentra su potencia.
Por Verónica Dema