Lo primero que observo al leer La certeza del daño es que es un texto poético, distinto a los anteriores libros escritos por Andrés Allegroni. No sólo por cómo está narrado, sino por la interpelación del lenguaje. La lectura me llevó a leer (en forma salteada) algunos de los poemas publicados en Hospitales, ediciones la yunta, 2014, de Andrés Allegroni. Existe, habita una comunión entre ciertos textos, para nada repetitivos, sino todo lo contario, como una luminosidad en la que un texto ilumina al otro, un poema te lleva a la narrativa y viceversa, lo que lleva al lector a entrar en un círculo que enriquece profundamente, provoca un gran placer.
La historia es de una crudeza abisal, de una verdad y honestidad brutal, lo que hace imposible no involucrarse en el relato: por la historia en sí misma, por el dolor que nos provoca y por lo poético, pero, además, porque nos interpela como humanos y como sociedad. No sólo por el silencio sostenido, sino por las atrocidades que el ser humano y la sociedad están dispuestos a callar, a no ver, a no querer ver; o tal vez, no podamos ver -ciertas atrocidades-. Esa duda también está planteada en las páginas.
La novela tormenta, porque la historia duele, causa miedo, terror y bronca, mucha bronca, como toda tragedia.
Lo narrado, por momentos me fue llevando, para tratar de salir del hospicio, a lo ocurrido en los ’70. Hay algo o mucho de eso en la novela: Andrés Allegroni lo hace de manera magistral, yo diría poco común en función de lo leído hasta hoy.
La esperanza está presente, por algo Américo nunca dejó de escribir poesía, aún en los peores días de su vida, nunca abandonó la escritura. Si ese no es un acto de “Fe”: ¿qué es? Recordemos al maestro Roberto Raschella, cuando nos decía que la esperanza también tenía que estar en el texto: hay que hablarla y trabajarla, habitarla, nos decía Roberto.
Américo sostiene: “Él creía que la verdadera transformación estaba en el corazón de su arte y desde ahí, con sus colores y formas, militaba y nos acompañaba”. Un planteo genial y esa forma de ver la cuestión o la vida, ya que Allegroni nos lleva al arte (cualquiera sea su forma de expresión) a un todo, a una forma de vivir, -vida y arte como un mismo engranaje-. Se escribe o se pinta poniendo el cuerpo, no hay otra manera de poder lograr algo verdadero, honesto, la voz propia está ahí, me animaría a decir.
El o los personajes: Aguilar y sus secuaces te llevan a esa miseria humana que mencioné con anterioridad. Es tan fuerte lo que transmiten esos personajes que uno desea seguir leyendo sin tregua para saber cómo van a terminar esas personas.
El final es sumamente poético, es un poema lleno de luz, de colores, el libro en su totalidad lo es, pero el final es maravilloso: tanto por la emoción que provoca, como por la profundidad, las palabras, la música y esas luces que brillan llenándose de colores.
La voz de Allegroni anida en La Certeza del daño.
Por Alejandro Cesario (editor de ediciones la yunta)