Material sensible

de Ricardo Sánchez

$1.500,00

Publicadas entre 2006 y la actualidad, en las letras de molde de Puntal o en el aire de la Gospel, estas crónicas de Ricardo Sánchez son fruto de años de circular en la ciudad y entre su gente, siempre con la inteligencia y la sensibilidad atentas. En ellas aparecen, o reaparecen, sobreimpresos a la vida, y dándole consistencia de realidad aumentada, lugares, hechos, personas y personajes con los que hemos vivido. Porque aún en los textos cuyo tema trasciende lo ciudadano, la mirada que los rescata  tiene un claro sesgo local. En ese sentido, las referencias y los vínculos consiguen una doble circulación; lo nuestro inmediato se vuelve universal, y lo universal revierte en el terruño.

Oscar Tomás Aimar (Fragmento del epílogo de Material sensible)

  • Edición: 2021
  • Páginas: 320
  • ISBN: 978-987-1685-65-3

Descripción

Por qué escribo, se pregunta Ricardo Sánchez en alguna de estas páginas, agrupadas ahora en volumen. Se formula así, personalizada, esa cuestión que lleva milenios importunándonos, y que ha merecido tantas, tan provisorias y tan diversas respuestas. Desde las muy literarias, como la del Marguerite Duras, “escribimos para saber cómo escribiríamos si escribiéramos”, que dan más de lo mismo y no aclaran gran cosa la cuestión, hasta las más racionales, como la que intenta César Aira cuando reflexiona sobre la escritura como organización de la experiencia.

Ya que Sánchez pregunta, y es el anfitrión y merece una respuesta, diré que creo que el ordenamiento de la vida en texto nos da la impresión ilusoria de que podemos con la realidad. Y de que nos sería posible, mediante la atribución de un sentido, recuperar la experiencia pasada, que se desvaneció sin que la entendiéramos, como ya observó T.S. Elliot.

Porque el tema profundo de Sánchez, oculto debidamente tras el relevo de apariencias que su misma naturaleza proteica exige, no es otro que el tiempo. Es en ese sentido, previa puesta en valor de esa palabra, vaciada por la reiteración y el uso distraído, y vinculándola de nuevo con su raíz, que los textos de Sánchez son “crónicas”.

Publicadas entre 2006 y la actualidad, en las letras de molde de Puntal o en el aire de la Gospel, son fruto de años de circular en la ciudad y entre su gente, siempre con la inteligencia y la sensibilidad atentas. En ellas aparecen, o reaparecen, sobreimpresos a  la vida, y dándole consistencia de realidad aumentada, lugares, hechos, personas y personajes con los que hemos vivido. Porque aún en los textos cuyo tema trasciende lo ciudadano, la mirada que los rescata tiene un claro sesgo local. En ese sentido, las referencias y los vínculos consiguen una doble circulación; lo nuestro inmediato se vuelve universal, y lo universal revierte en el terruño.

Pero no creo que el rasgo  común que impresiona y conmueve a Sánchez, entre el rosedal del parque, el campeonato de profesionales, Juan Filloy, el Tata Tuninetti, una vieja  sala de cine, el Negro Granados, el Poroto Ficco, el Sota Dumond, y tantos otros, sea su  concurrencia en este lugar convencionalmente municipal, sino más bien su coincidencia en un tiempo irrecuperable que fue también el nuestro.

El tono elegíaco de su prosa; su ánimo siempre conmovido, aunque atenuado a menudo por cierto humorismo verbal; el uso intencionado de algunos  modos de decir que se perdieron; el recurso a formas circulares, como el estribillo y la repetición,  dan cuenta de eso. Criaturas del tiempo, nosotros y nuestras cosas y nuestras acciones, y la mirada del cronista que las apunta, serán devoradas por él.  Vaya y pase con las naciones y los imperios, pero ensañarse para siempre con aquella mendiga, con tal pintor, con cierto cantante de tangos, con la canchita de la calle Payró, no habla muy bien del tiempo, parece  pensar Sánchez.

Cosas y personas que mientras fueron nos prestaron una ilusión de eternidad, cuya máscara preferida es el instante; gentileza que intentan devolver estos textos, dándole a las cosas una cierta sobrevida, una simulación piadosa y acotada de inmortalidad. Y además, tal vez de un modo menos intencionado y más colateral, estas crónicas vengan a ser un  registro perdurable de una época  de la ciudad, y de la mirada entrañable y querendona con que alguien la documentó.

Queda, para que el prólogo también tenga algo de su  carácter habitual de brindis de abstemios, de abrazo en pandemia, felicitar y agradecer la idea y el trabajo de los responsables de esta iniciativa, que viene a reconocer y a retribuir con justicia un  trabajo de años. Y a instalar lo que eran páginas dispersas en su exhibidor  más conveniente, el libro.

Y aseverar que Ricardo Sánchez sabe, sabemos, que lo que se fue se fue para siempre, y que sólo podemos escribir, o leer, como el filósofo Solón lloraba a su hijo, porque no sirve y porque no es remedio. Pero seguirá  escribiendo, y seguiremos leyéndolo, como si creyéramos que el ordenamiento y el registro de la experiencia pudieran traernos de nuevo la música  de las tijeras de peluquero de su padre, o la del extractor de apicultor  del mío, que fueron  la misma música.

Oscar Tomás Aimar (Epílogo de Material sensible)

 

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