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Virginia Abello, sobre La luz herida, de Pablo Mores

Escrito de la poeta y docente Virginia Abello para la presentación del libro La luz herida, de Pablo Mores.

Leí por primera vez un cuento de Pablo hace poco más de un mes cuando participamos en el Mundial de Escritura. Habíamos formado un grupo de nueve personas y todos los días teníamos que llegar a cierto número de caracteres escritos cumpliendo una consigna. Fue una semana de maratón. Al final, teníamos que elegir y votar un cuento de los producidos en el grupo, por lo que leíamos lo que había escrito cada unx. Pablo había elegido para presentar un cuento con un narrador niño en una especie de campamento y el juego o desafío de pescar una mojarrita. Y a pesar de que hay puntas a lo largo del relato que nos hacen imaginar la promesa de un nudo o nudos tremendos, la trama se va desmadejando mansa, pero no por eso menos densa. Me llamó la atención que un cuento no extraordinario (y para redundar en el prefijo, no extravagante) me dejara con la mirada en la nada, sin poderme salir de él. Y esa escritura era un ejercicio de sólo un día. Ahora, al leer los nueve cuentos que componen “La luz herida”, veo que la mecánica narrativa que funciona con la mojarrita no fue un simple azar, sino que es un engranaje estabilizado y particularísimo propio de todos los relatos de este autor. Y dicho esto, creo que ya confesé mi voto.

Hay algunas cosas que puedo contarles de Pablo para quien no lo conozca. Vive en Holmberg, pueblo donde nació y creció, en un boulevard que sube y se choca con el cielo y, como sus cuentos, promete una bajada al mar o una caída al fin del mundo, pero termina en unos lotes donde los chicos juegan cuadreras montados a caballo. Es padre de dos hijos. Esto me lo imagino un poco, pero puedo suponer que escribe en un tiempo robado, breve y preciso; o bien con un niño en upa, como Roberto Bolagno (o como yo, menos famosa, estoy escribiendo). Es músico, aunque se negó en esta presentación de su primer libro a mezclar la música con la literatura, para no quitarle su momento. Y lo último, su relación con la literatura ha sido informal, vital, necesaria. Y con esto quiero decir que su vínculo no ha sido deformado por estudios académicos en letras –perdón, lxs académicxs-. Quizás por esto es que su escritura es fresca y es auténtica.

“La luz herida” es el nombre del cuento que encabeza la serie y que da título al libro. Quizás es de todos los cuentos el que posee un trabajo mayor sobre el lenguaje. En este caso el narrador es un personaje marginal, un viejo supersticioso que husmea en la basura; que está solo, muy solo. Su lengua es la lengua de alguien que habla consigo mismo, que puede pasar de un tema a otro porque no se preocupa por un interlocutor posible. Gracias a que accedemos a su punto de vista, sabemos que el viejo no es malintencionado a pesar de su facha, a pesar de su pasado y de sus comportamientos sospechosos. ¿Pero cómo se ve el viejo de afuera? ¿Cómo lo ven los otros personajes? Sin duda como un “viejo culiado”, como le dice el gendarme cuando ve que ha entrado en su casa con su hija pequeña supuestamente a pedir un vaso de agua. Sin embargo, nosotros sabemos que el viejo quiere salvar a la niña, quiere hacer las cruces en la casa para ahuyentar a la luz herida que allí habita, no sabe por qué. La cosa es esta: el cuento teje una trama ya conocida y no pueden culparnos de mal pensadxs si esperamos encontrar un abuso o crimen o el intento de esconderlo o perpetrarlo. Pero eso no sucede. No hay indicios suficientes para decir que la niña era violentada o que algo malo ha pasado en esa casa. Menos podemos sospechar de las intenciones del protagonista que no hace más que desnudarnos su conciencia a lo largo del relato. Y tampoco, vaya frustración, es defendible la hipótesis de que las cruces produjeron el incendio de la casa. No hay crimen, no hay magia. ¿Qué nos queda? Los cuentos de Pablo nos van a llevar a ese extremo de despojo categorial. Terminan siendo cuentos realistas, pero no sin antes torcernos la lectura, la mirada.

Virginia Abello, junto a Pablo Mores, autor de La luz herida

Voy a hablar de otro cuento: “Domar la bestia”. En este caso, el  narrador testigo se parece mucho a nuestro Pablo (¿vale decir esto?). Vive en un pueblo, hace dos meses que se mudó allí al boulevard, y es invitado por su vecino Carlos a ver algo en su casa. Hay un objeto imposible de pasar desapercibido: una vela encendida al lado de la foto de la fallecida esposa de Carlos. Pero eso no es lo que él quiere mostrarle, sino su colección de insectos disecados. Carlos se entusiasma contándole al narrador todo el proceso, incluso atrapa una langosta y la encierra en el frasco con acetona que será su cámara letal. Pero hay otra cosa que no pasamos por alto: el mal olor, el olor a carne podrida. Y Carlos que nos invita a la pieza del fondo, a través del largo pasillo, porque hay algo más que quiere mostrarnos. Y esperamos lo peor, al mejor estilo Poe, llegando a lo más profundo de la casa, de la trama, de lo horripilante. ¿Me bancan el spoiler? No hay señora esposa momificada. Sí hay un cráneo de vaca y el entusiasmo de Carlos aprendiz de taxidermia. Y es ahí, cuando no sucede lo extraordinario, que se nos revela lo ínfimo, lo sutil: la alegría de un hombre solo porque lo escuchan. Él ha encontrado cómo domar la bestia y no es sólo con vino, como dice al principio guiñando un ojo al comprar los tetras. Y por haber escuchado, le regala al narrador un escarabajo fascinante, una especie de amuleto contra las bestias del dolor y el duelo.

Un cuento más: “Las fuerzas invisibles”. Es uno de los dos cuentos del libro cuyo narrador protagonista es un niño. En este caso, el escenario es el campo, donde vive el primo Fede y donde trabaja el padre del narrador. Los chicos pasan tiempo juntos, se mienten, inventan historias, se invitan a sus juegos preferidos o sus formas preferidas de pasar el tiempo que son distintas para cada uno. Fede representa una masculinidad dominante, agresiva, dura. Él quiere ser vaquero, coger a su esposa y hacerle muchos hijos. El narrador en cambio dice que tiene una novia, que se dan la mano y caminan por las calles del pueblo. Los chicos salen a andar a caballo. Fede usa el caballo más fuerte e inteligente y va primero, decide a dónde se va. Tinchito, el narrador, le toca seguirlo a Fede y al Polo y no tiene idea de cómo manejar su colorado. Y he allí las fuerzas invisibles que mueven a los caballos y que atemorizan a Tinchito, porque no las puede controlar. Esas fuerzas inexorables en las que vamos montadxs son las que nos llevan –y a veces nos catapultan- a un destino, a un lugar, a una identidad, sin que podamos hacer gran cosa al respecto. El lugar del narrador no es el campo, no es ser el jinete que golpea su caballo caprichosamente, sino ese lugar que ve reflejado en las bolitas de rulemanes, un lugar que imagina, un lugar que habilite lo que él quiere ser.

Muchas más cosas pueden decirse de este libro. Sin dudas, hay una apuesta en la elección de la geografía que se privilegia en los relatos: un pueblo en el sur de Córdoba. Hay una apuesta amorosa en la elección de los personajes marginales e invisibles, como son el viejo de la luz herida, los niños, los vecinos solitarios. Hay una elección sólida de la lengua con la que se narra. Dijo el Joaco Vazquez que Pablo escribe como habla y no es menor lograr eso en la escritura. Y qué lindo que habla. Pero sobre todo, lo que más me llama la atención es la mecánica narrativa que se va replicando en los relatos. Es la promesa de desenlaces deslumbrantes que no llegan y la frustración consecuente. Y luego, torcer la mirada y buscar los sentidos en los pliegues del relato, porque algún sentido debe haber. Algo así como la vida para los que crecimos en los ´90, en el medio de discursos que prometían que todos nuestros sueños eran cumplibles. Los desenlaces deslumbrantes son los menos y los que menos importan. Y estos cuentos nos lo recuerda.

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Santiago Polop, sobre Sintonía filosófica: “No imagino recorrido mejor que abrir una fisura, y que ya no pueda volver a cerrarse”

Se abre el micrófono de la radio y el profesor Santiago Polop sabe que son sus quince minutos para plantear una discusión filosófica, una conexión, una interpelación directa a sus oyentes. “La filosofía tiene una relación especial con la transmisión. Hubo, y sigue habiendo, una filosofía que no se deja ‘atrapar’ en la letra impresa y que sólo quiere circular en la palabra hablada”. Se dice encantado con esa experiencia oral, con su potencia. “Ese es nuestro papel desde la filosofía en la radio: darles forma a preguntas que están por todos lados, sólo que se resisten a ser enunciadas”, dice. “La filosofía es un campo en donde la cotidianeidad se vuelve siempre rara y eso está bueno”.

A ese desafío que asume en el programa de Gillermo Geremía, Así son las cosas, en la frecuencia de FM Gospel, suma el de trasladarlo a Sintonía filosófica, un libro que surge, en parte, por el pedido de quienes siguen sus reflexiones radiales. “La letra escrita tiene la posibilidad de la transmisión, de la permanencia, de la circulación y del silencio. El encuentro silencioso con una página que interpela puede ser una experiencia desestabilizadora, transformadora, extasiante”, dice. Por eso se dispuso a la tarea de transcribir, sin perder la frescura de la conversación en radio. Sobre este libro, dice: “No imagino recorrido mejor que abrir una fisura, y que ya no pueda volver a cerrarse”.

Polop es docente e investigador en la Universidad Nacional de Río Cuarto. En ninguno de los espacios que habita pierde de vista la intención de “perforar la coraza del sentido común”.

Dibujo de la portada Sintonía filosófica

-¿Cómo surge la idea de hacer filosofía en radio?

-Surge por la inquietud del conductor, Guillermo Geremía. Es él quien propuso dar ese espacio para la reflexión en un ámbito que, en términos generales, es reacio a detenerse, como es el día a día de las noticias en la lógica de los programas destinados a eso. Correr detrás de la información tiene el riesgo de que sea la misma información la que conduzca el medio, las noticias, la comunicación. El espacio fue, en sus inicios, ocupado por José San Martín, un enorme profe del Departamento. Cuando él decidió que se había cumplido su ciclo, nos preguntaron a Guillermo Ricca, Pablo Olmedo y a mí si nos gustaría continuarlo. Nos pareció un desafío, y un espacio que había que cuidar porque no hay muchos así. De hecho, no hay otros así. Y tiene que ver, creo, con que la discusión filosófica demanda un tiempo y un esfuerzo genuino del oyente, una interpelación directa. Es un trabajo común entre quien habla y quien escucha, alejado de las opiniones ya hechas que se trasladan como productos para ser incorporados como vienen. Habla de la tónica del propio programa más que de nosotros. Creo que hay un acto genuino de provocación en el periodismo cuando no pretende convertirse en dictador de verdades, sino de preguntas. Ese es nuestro papel desde la filosofía en la radio: darles forma a preguntas que están por todos lados sólo que se resisten a ser enunciadas.

-¿Cómo van surgiendo los temas que decidís abordar? ¿Cómo es ese abordaje para un medio radial?

-Las temáticas para abordar llegan también de una práctica de escucha que se hace en la cotidianeidad: en mi trabajo como docente, en mi vida familiar, en la forma de vida social con la que coexisto. La filosofía no es un plano alejado de la existencia cotidiana, sino que, por el contrario, habita en cada sujeto. Gramsci decía que, lo queramos o no, todxs participamos de la filosofía. Nuestras prácticas, nuestras creencias, nuestro lenguaje o nuestro sentido común tienen todo de “filosóficas”, aunque no lo veamos. ¿Por qué? Porque en cada una hay concepciones del mundo, de las otredades, de lo que está bien o mal, lo correcto o incorrecto, lo que se indica como “saber y como “ignorancia”. Las sociedades se construyen en esa disputa de y por esas ideas. Hacer filosofía no es resolver verdades eternas, no es dar respuestas definitivas, sino desplazar preguntas que no están formuladas, o que su formulación cambia con el tiempo. Conservamos las preguntas de Platón o de Kant o de Martí, no por erudición ni por conservadurismo, sino porque nos siguen hablando en la interpelación de nuestra historia particular. Con esa premisa, creo que en cierto modo hacer filosofía es remontarse desde esa cotidianeidad y poder ubicarla, explicarla a partir de las líneas que ordenan nuestra realidad. No podemos escapar a esa trama de nuestra existencia, siempre está ahí, siempre hay un “gran Otro”, como dice Lacan. Lo que sí podemos es hacernos conscientes de esas líneas, de las lógicas que nos acomodan a rutinas, a saberes, a prácticas. Siempre hay un sujeto al cual hablarle.

Cuando el flaco Luis Alberto Spinetta dice: “De la tribuna se puede regresar, sólo hay que ser de masa gris”, creo que piensa en cómo las tribunas (que son las culturas, los sentidos comunes, las lógicas que parecen “naturales”) tienen eso de suspender la reflexión. A veces está bueno, pero quedarse allí es nocivo para la liberación y la democratización. De masa gris es cualquier ser humano. Es el paso necesario para transformar esa recepción acrítica del mundo cotidiano en una práctica liberadora y democratizadora. Los temas están en esa tensión que tenemos todxs entre la vida social y la individual. No hay que escarbar demasiado. Hay que escuchar. La filosofía, la reflexión aportan esos mecanismos de escucha en medio de tanto ruido. A veces se cree que quien filosofa está abstraído del mundo. Es al revés, está poniendo la oreja sobre la tierra.

El medio radial demanda mucha síntesis. No simplificación, eso sería subestimar a quien escucha. Se trata de encontrar modos, mensajes, referencias con los que vincular un diálogo. Son traducciones. Creo que siempre hay un modo de vincularse en el diálogo y la reflexión si quienes quieren hablar están dispuestos a abandonar rigidices, dogmas y, sobre todo, a asumir que tal vez las cosas no son como se creían, que las certezas pueden no ser definitivas, de que la realidad no es tan evidente, ni dice toda su verdad. El abordaje en el medio radial tiene la intención, al igual que en cualquier clase de filosofía, de introducir una sospecha. Si donde había una certeza, queda flotando una pregunta es un montón. Eso, en quince minutos, hablando con un sujeto supuesto que estaría escuchando. Saltos al vacío. Pero que se hacen con el optimismo de la voluntad.

Dibujo de Matías Tejeda

-¿Hay en esas columnas un deseo de devolver de alguna forma a la sociedad lo aprendido en la universidad pública?

-La universidad pública es un derecho humano. Tiene derecho cualquiera a poder asistir, y a que la comunidad toda le garantice poder hacerlo. Siempre es una cuenta pendiente, siempre es un horizonte a mejorar. Pero, además, como ha sostenido entre otros Eduardo Rinesi, hay un derecho de la comunidad a ser receptora de todo lo que la universidad pública piensa, produce, mejora. Es un derecho al goce colectivo de lo que la comunidad habilita. Nunca debería ser de otra manera. Todxs quienes han pasado por esa universidad tienen la obligación frente a ese derecho. No creo poder saldar semejante cuenta con un micro radial. De hecho, creo que nunca en mi vida podría devolver la posibilidad de haberme formado en grado y posgrado gracias a esa inmensidad que es tener universidades públicas en nuestro país, algo único en el mundo y que a veces (las más de las veces) no valoramos lo suficiente. La universidad pública es un hecho político en sí mismo, y debería ser un acto político de todxs quienes la atraviesan no refugiarse en el egoísmo individual con lo que es resultado de un esfuerzo colectivo, de millones que seguramente nunca irán a esa universidad. Entonces, no creo poder devolver esa donación que la comunidad me ha hecho, pero tomo eso como una interpelación a construir, aunque sea en un lugar tan pequeño como un micro radial, un espacio de liberación y democratización. Dichos como verbos, no como sustantivos.

-¿Qué devoluciones recibís de los y las oyentes? ¿Y académicas, de colegas, docentes?

-Siempre hay de todo, la verdad es que los mensajes han sido de apoyo, de alegría por el espacio. La mejor devolución siempre es la sorpresa. Alguien que dice: “Nunca había pensado en eso”, o “qué mirada más extraña”, o “me hiciste repensar lo que entendía de X”; son mensajes que me han llegado y que dan cuenta de que siempre hay alguien del otro lado que escucha. Y que alguna palabra, un concepto, un ejemplo abrieron una fisura en lo que se creía cerrado. La cuadratura del círculo en lo que los humanos hacemos y vivimos del mundo no va. Los mensajes de sorpresa son mensajes que indican que la sospecha se instaló en el espíritu. Es difícil, porque vivimos en tiempos y en lógicas en que se nos quiere convencer de muchas cuadraturas: ser mujer es ser esto y a bancársela, laburar tiene que ser romperte el lomo toda la vida sin levantar la cabeza para quejarte, el mundo es así y no hay nada que hacer, la única medida válida de éxito es la económica y por la que hay que convertirnos en nuestro propio empresario, etcétera, etcétera. La sospecha es el único camino que nos puede alejar de esos dogmas. Reconocerse en esos lugares sólo es posible si se sospecha que existen, que están ahí y, tal vez, no deberían estarlo. Los mensajes de sorpresa son mensajes de descubrimientos. Me alegran muchísimo. Lxs colegas que lo escuchan siempre han sido muy amables con sus devoluciones, incluso en la disidencia con lo dicho. Nunca, por suerte, han faltado sugerencias de abordajes o de lecturas para complementar lo que se dijo. Es un espacio en el que aprendo mucho más de lo que he devuelto.

-¿Cómo llega la idea de este libro: Sintonía filosófica? ¿Por qué atrapar eso que se va en el aire y plasmarlo en un libro impreso?

-La filosofía tiene una relación especial con la transmisión. Hubo, y sigue habiendo, una filosofía que no se deja “atrapar” en la letra y que sólo quiere circular en la palabra hablada. Eso es bellísimo y me encanta. Por otro lado, la letra escrita tiene la posibilidad de la transmisión, de la permanencia, de la circulación y del silencio. El encuentro silencioso con una página que interpela puede ser una experiencia desestabilizadora, transformadora, extasiante. Pensé mucho en si lo que decía al éter tenía sentido de dejarlo en algún lugar, si con eso podía llegar a intervenir en medio de tanto y tanto ruido con el que coexistimos. La verdad es que fueron algunxs oyentes quienes me animaron a hacerlo, que me pedían “eso que dijiste hoy en la radio”. Algunxs por interés propio, otrxs para ponerlo en discusión en un aula, etcétera. Tenía todo escrito en el “cuaderno naranja” (ya completé sus hojas), así que me propuse ver si en la transcripción podía conservar algo de la frescura que le quise poner siempre a esa charla en radio. Vamos a ver qué sucede, porque siempre hay algo que se pierde cuando la voz de escribe, pero también hay una potencia en la traducción y en la resignificación que le dará quien eventualmente lo lea, que es única.

Cuando lo estaba escribiendo, aún sin pensar en publicarlo, me crucé con un amigo, Pablo Dema, en una librería (obvio). Le conté la idea y le gustó. Y, si le gustaba a él, para mí significaba un montón. El desafío era que fuera un libro de acceso a la problematización desde la filosofía, que no perdiera ese vuelo de lo etéreo que da la radio. La filosofía puede introducirse, creo, mucho mejor a través de la problematización de nuestra existencia, y de allí remontarnos a las preguntas que se despliegan. Hay otros “tipos” de introducción a la filosofía, pero hacerlo de este modo me parece un acto genuino al alcance de cualquier persona.

-¿Qué recorrido imaginás para este libro?

-El “sujeto supuesto lector”, parafraseando al psicoanálisis, no tiene en el libro una imagen, como no la tiene el escucha. No está escrito para nadie en particular, y al mismo tiempo para todos en general, abusando mucho de esa imagen que Nietzsche instala en el Zarathustra. Sí tiene una vocación militante en la liberación y la democratización de nuestras prácticas de sujeto, de las lógicas del neoliberalismo, del patriarcado, del colonialismo. Este es nuestro tiempo, y nos debemos a pensarlo, a transformarlo. No es, ni quiere ser, un libro de autoayuda. Toda filosofía es política. En las palabras y los conceptos que en el libro se dicen hay una historia, hay una cotidianeidad atravesada de las injusticias de nuestro tiempo, de los dolores que nos quedan, de las angustias que nos acosan. Se quiere pensar y hacer pensar sobre esas cuestiones, con la intención de que quien escuche se sienta interpeladx y que eso se traslade a nuevas prácticas. Ojalá que pase eso en alguien. No imagino recorrido mejor que abrir una fisura, y que ya no pueda volver a cerrarse.

-Como Profesor de Filosofía: ¿Qué les pedís a los medios de comunicación?

-Que tengan compromiso con la ética y con la verdad. Dos ámbitos con los que, en general, se han separado. Han sido cambiados por la lógica empresarial y por el dogmatismo. Los medios, si son empresas de comunicación, debieran ceñirse a una ética que sea establecida por la comunidad, y no al revés. Hoy muchos medios instalan sus intereses comerciales como la forma de ser y pensar en el mundo, sin aviso. Las opiniones particulares de periodistas se transmiten como verdades de hecho, aunque no haya verdades ni hechos que acompañen a sus opiniones. Hay una sobre (y mala) interpretación del concepto de libertad de expresión, en tanto parece que el periodismo no tiene por qué tener compromiso (ni mucho menos nadie parece poder pedírselo) con la verdad de lo que enuncia. Eso me parece terrible para nuestra era, como para cualquier era. Pero en la nuestra, en la que la información producida ha alcanzado niveles descomunales, creo que los medios de comunicación deberían dar herramientas para que quienes escuchen puedan “trabajar” con la información, sopesarla, decidir por su cuenta. No es la norma. Los medios de comunicación, en general, no invitan a pensar, sino que transfieren el interés y la opinión del medio a un sujeto como si de un recipiente se tratara. Es la zombificación del otro. Allí no hay escucha, sólo mandatos, señalamientos. Lo viralizado por los medios (o redes), ya por ese mismo hecho de ser viral tiene valor de verdad. En esa lógica, la democracia es mucho más difícil, sino una utopía. Nos debemos, nos merecemos que los medios de comunicación tengan un compromiso con la ética y con la verdad. Los intereses empresariales no pueden suspender la vida en común, ni la vida más allá de su lógica.

-¿En qué creés que ayuda la filosofía en la vida cotidiana?

-Hegel sostenía que la experiencia más grande de la conciencia era alcanzar la “autoconciencia”, lo cual significaba comprender nuestra experiencia común en y del mundo. Es decir, dar cuenta de qué y por qué somos este sujeto, tenemos este mundo, estas relaciones, estos modos. Siempre sabiendo que es un acceso “fallado”, otro modo de decir “siempre incompleto”, nunca llegando a verdades definitivas. La filosofía es un campo en donde la cotidianeidad se vuelve siempre rara y eso está bueno, porque lo que se hace cotidiano se vuelve conservador, fija cosas. Y a veces fijamos cosas muy buenas, como por ejemplo tener empatía. Pero a veces fijamos cosas muy malas, como la discriminación racial, sexual, económica. Quiero decir, ninguno de esos procesos es ajeno a nosotros, lo sepamos o no. La filosofía ayuda a ver en esos pliegues de nuestra existencia. Eso no nos hace más sabios, ni mejores, al contrario, muchas veces genera angustia y dificultad de sobrellevar. Pero creo que también debe generar una responsabilidad con uno mismo y, siempre mejor, con las otredades. La filosofía cuestiona la cotidianeidad, no como parte de un gesto de desprecio a ella, sino por la vocación de hacerla más libre. Siempre se puede ser más libre. No hay mejor cotidianeidad que la que se libera, y eso siempre es un acto individual y colectivo a la vez.

-Dedicás un apartado a pensar “la grieta”: ¿Cuál es tu intención?

-La cuestión es que en problemáticas filosóficas no tenemos respuestas absolutas. Las preguntas “ontológicas”, esas que tematizan lo que somos no pueden ser definidas absolutamente. Eso ocurre, ha ocurrido, y siempre termina mal en la práctica humana. ¿Quién es el que le pone la cara al “ser humano”? Hace no mucho tiempo, la apropiación de esa respuesta por una cultura (la de una parte de Europa) llevó a un genocidio en nuestro continente. Hace menos tiempo, la jerarquización de esa definición sobre qué es humano llevó a los horrores de Auschwitz. La ideologización de la moral y la supuesta certeza de quiénes están bien y quiénes mal hicieron que en nuestro país se avalara la persecución, tortura, muerte o desaparición de personas. Lo mismo sucede con el género en disputa, como dice Judith Butler: hay culturas, prácticas, religiones que se empeñan en darle una respuesta definitiva, como si lo humano fuera definitivo. Cuando esas supuestas certezas y respuestas se trasladan a nuestra cotidianeidad generan exclusión, muerte, violencia, porque las subjetividades se forman en el intercambio con “esas verdades”. El cóctel es el que vemos a diario.

Con nuestra “grieta” sucede algo parecido. Yo no tengo problema en decir que tengo una grieta ineliminable con alguien que cree que por ser hombre tiene algún tipo de derecho ancestral para matar a una mujer, o que por ser blanco y con plata merece una vida mejor que el negro pobre. Hay un abismo entre esa gente y yo, porque es un abismo ético. No hay comunidad, ni humanidad posible si no hay apertura a que la otredad se despliegue, se democratice. Eso no tiene un nombre definitivo -no puede tenerlo- es un hacer. Allí, sobre eso, es que podemos dar las discusiones sobre cómo democratizar y liberar, qué hay que hacer, cómo. Pero no sobre lo que ES. Eso es lo que se quiere hacer muchas veces cuando se discute mal en nuestro país sobre la grieta. Hay ciertos discursos, conservadores, reaccionarios que quieren poner de un lado todo lo que estaría bien, por lo tanto todxs los que serían buenos frente a la maldad que queda del otro lado. Ese maniqueísmo es tan berreta como peligroso, porque “se lee” fácil, no hay que pensarlo demasiado, alguien ya lo pensó y nosotrxs simplemente debemos elegir, aunque si “allá” están los buenos, sanos, “gente bien”, etcétera, no hay mucho para pensar. Esa simplificación es seductora para la pereza del pensamiento, y es infinitamente peligrosa para tener una discusión política seria, humana, liberadora.

-¿Por qué te interesó abordar “la filosofía del sentido común”?

-Porque es la gran batalla. El sentido común es siempre conservador, decía Gramsci, porque allí hay un sedimento que va dejando el paso de la historia. Fue de sentido común la esclavitud, es de sentido común que el/la trabajador/a sea explotado, que la mujer tenga una jerarquía inferior al varón, que el rosa sea de las nenas y el celeste de los nenes, que si los militares se llevaban a alguien en la noche era porque “algo habrá hecho”. Auscultar el sentido común es siempre revelar esa sedimentación, y dar cuenta de cómo allí se disputan modos de ser, de existir, de relacionarnos. Es un campo de diagnóstico inmenso, fabuloso, porque lo tenemos en la punta de la lengua todo el tiempo. Es una existencia inmediata de cualquiera, y allí pasa desapercibida cualquier cosa también. Lo que llamamos sentido común sirve para legitimar cualquier cosa, a veces (muchas, demasiadas) independientemente de si son verdad o no. Por eso creo que la filosofía tiene una disputa fundamental para dar allí, en tanto esa idea es la que rige nuestras vidas. Y si la avalamos sin más se nos cuelan elefantes por todos lados. Hay que remontarse desde ese sentido común y ponerlo bajo la lupa siempre.

-Usás el lenguaje inclusivo en tus columnas y en el libro: ¿Por qué?

-Porque me parece una disputa política y conceptual que hay que dar. Es una disputa que uno también tiene consigo mismo. Soy un hecho de mi tiempo y de la historia de ese tiempo, por lo cual no es algo que tenga naturalizado el lenguaje inclusivo. De hecho, no lo tengo plenamente incorporado en mi cotidianeidad, pero voy abriendo espacios. De eso se trata, de abrir los espacios conceptuales en uno y en sus prácticas, porque son las prácticas que compartimos. Y en donde siempre puede haber una otredad que, por un uso de “sentido común” de las palabras, estemos inferiorizando, excluyendo, rechazando. Hay que estar en ese lugar… El lenguaje es parte constitutiva e instituyente de su tiempo, de todos los tiempos, y el nuestro es justamente uno en el que las identidades han sido puestas en cuestión. ¿Quién soy yo para no dar espacio para que alguien que no se sienta representado en la binarización del género se sienta incluidx, contenidx? ¿Quién es el mundo para decirle a alguien que no existe porque no pertenece a una “o” o a una “a”? Me pasa mucho lo de chocarme leyendo a autores clásicos y sus referencias “el hombre” como una categoría que todo lo incluía, cuando a priori excluía a todo lo que no le perteneciera. Es parte de ese sentido común que decía antes, y de una práctica de liberación y democratización que hay que darla en muchos frentes al mismo tiempo.

-Los dibujos que acompañan el libro, en la tapa y los interiores, ¿cómo se articulan con los textos?

-Eso es efecto de la genialidad de Matías Tejeda. Él es un escritor con pincel, o lo que sea que use para dibujar. Tiene una sensibilidad para ver cosas que a la mayoría se nos escapan, para sintetizar una idea, pero sin cerrarla, sino para seguir abriendo inquietudes, preguntas. Justamente eso es una filosofía en la imagen. No responden sus dibujos, no dan formas hechas, sino que generan preguntas. Generan el deseo de inquietarse, de sentirse interpelado. Matías es un gran amigo, y tuvo el gesto de donar lo más importante que podemos donar: tiempo. El tiempo es un “bien” escaso en nuestro tiempo, se lo hace escaso, y nosotrxs nos encargamos de hacérnoslo aún más escaso. Bueno, el Mati donó su tiempo para leer el libro, y trabajó para crear imágenes que fueran síntesis de preguntas por hacer. El articulado con los textos es un acto sui generis suyo, y atraviesa todos los textos: romper las certezas con dudas, saber preguntar, acarrear la crítica frente a tantos escenarios de respuestas fáciles que vienen de supuestos saberes absolutos: la economía, las culturas, las religiones, etcétera. Digamos que el libro es un todo con esas imágenes, hace un trabajo conjunto que busca perforar la coraza del sentido común, de las prácticas naturalizadas, de la simplificación banalizada de lo que existe y lo que no existe. Remontarse de la existencia con la pregunta, esa es la imagen de la filosofía. ¿Qué vuelve después de ese remontar? No se sale indemne, eso seguro. Pero no hay transformación posible sin conmoción de lo que somos.

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Daniel “Nato” López: “Estoy afrontando la deconstrucción de mi machismo”

Daniel López, Nato para todos, cuenta que su padre es un “gran colocador de apodos”.  A sus siete hijos les puso uno —y a varios nietos, también—. Nato adoptó el suyo como su nombre, tanto que así figura en la portada de A veces, otra vida, su primer libro de relatos. “Nato”, según una definición del diccionario, es una cualidad que se tiene desde que nace. Y quizá esa cualidad en este autor de Las Higueras, Córdoba, sea la infinita curiosidad.

Nato López, autor de A veces, otra vida

Se presenta como un “lector agradecido que se atreve a escribir”. Y hace un recorrido de las lecturas que lo fueron acompañando mientras crecía. “Como primer recuerdo están las revistas de historietas. Mi preferida sigue siendo Nippur. También leía El Tony, Intervalo y D’Artagnang. En esa época, también me llegaron algunos ejemplares de los clásicos de la colección Billiken, esos libros de tapa roja. De ellos me quedó grabado el de Búfalo Bill. Más adelante, como a los doce, tuve mi primera lectura de adulto, una novela que creo que se llamaba Sahara y trata de un contrabandista que mete a Europa, desde África, todo tipo de cosas. A los catorce o quince, mis lecturas derivaron del rock. Así llegué a Charles Bukowsky, García Márquez y al gran Osvaldo Soriano. Creo que no entendía nada de lo que leía, pero me gustaba”.

Nato dice que su mamá era quien llevaba revistas y libros a esa casa de la infancia. “Recuerdo ver La Hojarasca arriba de la mesa de luz de ella y cientos de revistas que llegaban a través de parientes o casas de usados”, cuenta. “Fue mi exagerada curiosidad lo que me llevó a tirarme de cabeza a la lectura”.

-¿Cómo fue tu historia con la escritura?

Diría que mi acercamiento fue en tres etapas. La primera, ligada exclusivamente a la poesía que le dediqué a mi novia Gabriela —mi compañera de toda la vida—; la segunda, en la etapa universitaria, donde esbocé una novela y relatos que no tenían estructura de cuento; y la tercera, cuando me acerqué, junto con mi hijo Félix, al taller que dicta Rubén Padula. Solo en esta última —y actual— experiencia es que le dediqué mucho tiempo y cierta rigurosidad.

Cuando llegó el momento de decidirse por una carrera universitaria, Nato optó por el Profesorado de Historia en la Universidad Nacional de Río Cuarto. “¡Estudié Historia, porque en el programa no estaba la cátedra de matemáticas!”, se sincera. “Bueno, no fue la única razón. En sexto y séptimo grado tuve la suerte de tener un profesor que amaba la historia antigua: griegos y romanos, básicamente. Ahí leí pasajes de la Ilíada y la Odisea. Claro que, en la carrera, los temas que me atraparon, no fueron esos”.

Y empieza a buscar algún nexo entre la Historia y la Literatura, el hecho de contar historias. “Ambas cosas tienen poco que ver. Producir trabajos académicos, mucho menos. Creo que, básicamente, me gusta contar historias, exagerar, mentir para redondear. Tendría cinco o seis años cuando recitaba estrofas de Martín Fierro en el bar de Arroz, de mi pueblo. Si no me equivocaba me daban una coquita de vidrio. Y si me equivocaba, algunos borrachos vitoreaban igual, y recibía el premio lo mismo”.

-¿Cómo sentís que tu vida en Las Higueras, tu infancia, los años de dictadura, tu historia toda está presente en los cuentos de A veces, otra vida?

Vivir en un pueblo —Las Higueras era pequeñito, en mi infancia— determinó mi lectura, mis amistades, mis derrotas, mi escritura y, te diría, mi nivel actual de melancolía. La cercanía con Río Cuarto tiene sus cosas positivas, pero también acarrea dificultades que otros pueblos más alejados no las sufren. Eso hizo y hace que Higueras sea muy particular. Para nosotros ir al centro, al cine o a comprar zapatillas es ir a Río Cuarto. La simbiosis, aunque asimétrica, es total. En mi infancia, recuerdo que era de los pocos que iba al primario en la ciudad. Eso, definitivamente, me marcó. He pasado horas y horas deambulando por las calles de asfalto, metiéndome en librerías y cines. Recuerdo ir a dos funciones seguidas a la tarde cuando me rateaba del secundario. Salía del cine Alvear y me metía en el cine Sud. Los años de dictadura los tengo presente más por mis estudios y por mi vida adolescente, que por la infancia que me tocó vivir. Pertenecí a una familia en la que se hablaba poco y nada de política y, por ende, del desastre que hacían los militares. De hecho, mi hermano mayor fue suboficial de la Fuerza Aérea por unos años. Lo que sí recuerdo es que en la escuela General Paz, de Río Cuarto, en los recreos, alguien siempre te recordaba que estaba prohibido decir Perón. Llegué a pensar que Perón era algo así como el corredor X de Meteoro.

-El primer cuento de tu libro, “Otra usted”, trabaja el género; y ese tema aparece en varios otros también, como “El tuerto y los ciegos”, por mencionar otro. ¿Cómo surge ese interés en vos?

-En mi caso, estoy afrontando la deconstrucción de mi machismo —nuestro machismo generacional— como mejor me sale. Me ayudan mis hijos, que lo incorporan tan naturalmente que no tengo más que admiración hacia ellos. Esta deconstrucción es muy despareja, y atraviesa a sectores de la sociedad con más o menos resistencia, según un montón de variables. Creo que ingresamos en un camino larguísimo, donde la resistencia es dura y poderosa. La resistencia es monetaria, religiosa, y hasta política, pero no tengo dudas de que, año a año, la mujer y las diversidades ganarán el espacio correspondiente. En el cuento “Otra usted”, se me ocurrió plantear qué le pasaría al varón clase media, heterosexual y blanco —que las tiene todas a favor— si de repente se convierte en mujer y debe salir a la calle con tetas y minifalda y que, en la primera de cambio, le griten un piropo que repugna. ¿Es fácil vivir así?

-¿Qué significa para vos escribir “desde el interior”?

He abordado tantas veces ese dilema de interior y exterior, no solo en mi vida, sino en los estudios de la carrera que elegí. Y, por mi experiencia, aseguro que no es solo una cuestión de gramática, ni siquiera dialéctica. Es la realidad. Pasa en Argentina y en muchos países. Hay procesos históricos que lo explican, no es ningún misterio. Y, a la hora de escribir, por más de que jamás lo pienso, seguramente lo hago como habitante del “interior”. Así nos mudemos a CABA o Nueva York seguiremos siendo de acá. Y me parece excelente.

-¿Cómo es editar en este tiempo de pandemia?

-La pandemia y la cuarentena las tomé como potenciadoras. Si bien soy callejero por naturaleza y extraño la sociabilización, este tiempo me sirvió para dedicarle horas a la corrección de textos y, sobre todo, a lecturas. También, series y películas, videojuegos y memes, claro.

-Tus cuentos fueron publicados en antologías: ¿Qué es para vos este primer libro?

-A diferencia de la participación en antologías, esta es una experiencia en solitario, un trabajo más intenso y extenso, donde te toca revisar mil veces todos los textos del libro, elegir la tapa, coordinar con los editores, y algunas cosas más. El primer libro es un lindo desafío y espero no sea el único.

-¿Por qué hacerlo en una editorial pequeña como Cartografías, con este anclaje que tiene en lo local?

-Las editoriales independientes están salvando a la difusión de la literatura. Acá y en la China, sin dudas. Soy lector de Cartografías y la considero una editorial seria y de altísima calidad.

-¿Qué es para vos la Biblioteca Popular Luis Alberto Spinetta, que presidís en Las Higueras?

-El largo camino de fundar una biblioteca popular en mi pueblo comenzó cuando editábamos un periódico que se llamó El Higo Informativo. La idea fue de dos compañeros y me propusieron encabezar el proceso de creación. Fue una tarea que se demoró en el tiempo, pero allí está, llena de libros. Para mí, la Biblioteca debe ser un lugar de acercamientos, de comunión de ideas. Honrar al Flaco Spinetta con el nombre de la Asociación Civil fue algo que surgió naturalmente por las décadas que llevo escuchándolo.

-Para terminar: ¿qué libro estás leyendo?

-Nunca leo uno solo. Soy bastante ansioso y desorganizado. A ver: en digital, Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez y picoteo los Cuentos reunidos, de Clarice Lispector y Manual para naufragios, de Guillermo Ricca. Además del blog de Rubén Padula. En físico, estoy con Las Malas, de Camila Sosa Villada y releyendo El peronismo. 1943-1955, de Peter Waldmann. En la mesa de luz tengo Nadie extrañaba la luz, de Sergio Gaiteri, y Qualityland, de Marc-Uwe Kling.

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Reseña de “Algo que vuele”, el libro de cuentos de María Paula Vettorazzi

Texto de Virginia Abello para El Corredor Mediterráneo, editado por Antonio Tello, en Diario Puntal

“Yo soy esa que ellos dicen, y están seguros de eso. Sale de sus bocas ese mismo nombre que hace tiempo me resulta ajeno. Lo acortan y parece que fuera mío y de nadie más.” Así habla la narradora del cuento Esos otros que perdieron la memoria, en el que un grupo de amigos visita a Tomás después de un accidente en el que se ha lesionado su memoria a corto plazo. ¿Es necesario un accidente para que la memoria se fisure, se vuelva porosa y llena de dudas? Tomás logra recordar que la narradora trabaja de poeta. Ella espera risas, nadie se ríe, tampoco lo corrigen. “Los miro a todos, uno por uno: ellos creen que yo soy poeta. (…) Nadie me mira y siento que como el primer sánguche de mi vida como poeta.” Son las palabras de los otros las que terminan de delinear los contornos de nuestra identidad. Son los otros los que confirman constantemente el mundo que no paramos de crear con cada mínimo gesto. Como su personaje, es María Paula escritora cuando la editamos y la leemos y la reseñamos. Y sus palabras devuelven todo el tiempo esa confirmación de un mundo que tenemos la sensación de que siempre estuvo ahí, sólo que no le encontrábamos la forma de decirlo.

Este libro nos muestra que no es necesario construir literatura desde lo extraordinario y lo espectacular. Podemos sensibilizar nuestra piel y enfocarnos en algo pequeño y sutil, de modo que Mara atravesando una ronda de chicos con navaja, como sucede en Invierno por dentro,  ya tenga la suficiente fuerza para representar la omnipotencia de la muerte cercana. O que eso que se quiere decir, que se tiene atragantado y se necesita contar, no se termine contando nunca; y aunque el título nos anuncie: Hasta que la luz nos obligue, esa luz nunca llega y la pareja prefiere hacer el amor a oscuras. Escenas cotidianas, personajes verosímiles y sucesos pequeñísimos pero cargados de sentidos como un aleph. Es esta narradora, diferente en cada cuento aunque casi siempre mujer, que nos obliga a hacer foco en detalles que por primera vez se narrativizan: cómo se busca una media perdida en esa bolsa que hacen las sábanas al fondo de la cama, o la anciana que debe alimentar al perrazo y le tira el balanceado desde el hueco de las rejas del patio.

¿Por qué la narradora casi siempre es mujer? ¿Por qué las protagonistas son siempre mujeres? En una entrevista a la autora, ella dice que la escritura de estos cuentos ha coincidido con su despertar político en el movimiento feminista. Me atrevo a proponer otra mirada. Creo que la pregunta es tan ridícula como sonaría preguntarnos por qué la mayoría de los protagonistas de los cuentos de Cortázar son hombres. Una pregunta más válida sería por qué María Paula elige con predominancia una narradora en primera persona con características similares a sí misma en género, edad, estudios, trabajo. Posiblemente sea una búsqueda de respuestas personales, pero a la vez exponiendo la carne, honesta y transparente: esto es lo que soy, esta es mi mugre, mi sinsentido. Y también funcionan como conjuro desatador de nudos que están dentro, inexplicables y molestos. Como es el cuento Viaje por el Pedraplén, donde Carla se ve a sí misma ridícula y caprichosa al descubrir que toda su molestia se basaba en un prejuicio hacia el guía de turismo, un señor de 58 años que por primera vez iba a ver el mar en su propio país. O el cuento Romerito, donde la joven abogada no puede decidir qué vínculo humano va a tener o corresponde tener con Romerito, un viejo que le cebaba mate en el trabajo y que fue denunciado por violencia doméstica. Al cruzarlo luego de un tiempo no lo saluda y eso queda como nudo, como algo inexplicable, irresuelto.  

Así como son una búsqueda para su autora, también representan un desafío para la interpretación. Estos cuentos exigen un lector o lectora sensible a las sutilezas y que se deje atravesar por las problemáticas humanas y universales que plantea cada relato: lo callado que pugna por salir a la luz, la cercanía de la muerte, la superación del daño, lo impreciso de las relaciones humanas, la sospecha de estar pendidos de una telaraña de sinsentidos. El manejo de la información se realiza con tal maestría que nos dejamos conducir en cada relato a través de un aceitado mecanismo de intriga para encontrarnos hacia el final con nuevos sentidos que no son el mero descubrimiento del enigma. No importa ya qué le sucedió en San Juan a la narradora de Más atrás de San Juan. Al final del cuento no es esa curiosidad mórbida la que nos mueve sino la constatación de que no sabemos por qué hacemos muchas de las cosas que hacemos. Es esa presencia permanente del daño con el consecuente velamiento que autogeneramos lo que queda en nosotros como una ventana abierta.

Justamente, estos cuentos son ventanas abiertas para mirar la realidad desde otra perspectiva. No se nos dice nunca cómo mirar ni cómo evaluar lo que se mira. En este sentido, son muy interesantes los dos cuentos que María Paula elige narrar en tercera persona: Pájaro Negro y Algo que vuele. La narración es de observación, sin juicios, sólo de lo que los personajes hacen. El potente efecto que genera es que se está contando una verdad. No es la mirada de un personaje, es LA mirada constructora de realidades. Así aparece esta playa, en la que dos señoras se bañan, una es gorda y la otra delgada, y se sacan la parte de arriba de la malla y se abrazan bajo el agua. No hace falta decir que son pareja porque a esta forma narradora no le interesa si lo son o si no lo son. La señora delgada está insegura porque su cuerpo está amputado: le falta un seno. La señora gorda la distrae, le dice que adivine lo que dibuja con las manos: es algo que vuela. Poder mostrarse, así amputada, vieja, dañada, ridícula, distinta es algo así como volar. Y como termina haciendo la mujer delgada, aleteando y graznando como los pájaros a pesar de las miradas, así también estas historias son algo que vuela, porque muestran con honestidad lo que hay para mostrar.

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María Paula Vettorazzi: “La escritura de este libro coincidió con mi despertar político”

La autora de Algo que vuele nació en Sampacho, Córdoba, en 1988; este es su primer libro

María Paula Vettorazzi nació en la localidad cordobesa de Sampacho y se crió allí, “con todos los privilegios que implica la infancia en el pueblo”. Recuerda que, cuando tenía cuatro o cinco años, sus padres, junto con un grupo de amigos, fundaron la Biblioteca Popular Alfonsina Storni, la única del pueblo. “Hay una foto en la que aparezco accidentalmente en el plano, no estoy jugando, estoy mirando lo que pasa. Yo sabía que algo importante estaba sucediendo. En ese lugar, en el que había objetos de mi propia casa, me sentaba a leer poesía”.

María Paula Vettorazzi

En esta entrevista Vettorazzi cuenta que estudió Derecho en la Universidad Nacional de Río Cuarto; vive desde entonces en esa ciudad y allí ejerce como abogada. Dice que mantiene su mundo laboral y la práctica de la escritura de modo “disociado”.

Según comenta, el proceso de escritura de Algo que vuele coincidió con su “despertar político” en este tiempo de la revolución de las mujeres. Y se explaya: “Quizá por eso hay una presencia muy fuerte de ‘lo femenino’ en los relatos”.

 

  • ¿Cuándo empezaste a escribir?

Empecé a escribir en la adolescencia, después hay un período en blanco que coincide con los años que estudié en la Universidad. No leí literatura y tampoco escribí ni una sola palabra durante seis años, hasta que me recibí y empecé un taller de narrativa. Ese primer día de taller sentí que aparecía un nuevo sentido en las cosas, dije: “era ésto” y fue eso hasta hoy.

  • ¿Tuviste o tenés algún maestro o maestra de escritura?

Rubén Padula fue mi primer maestro, pero ese aprendizaje no tuvo nada que ver con estructura y sintaxis. Rubén me enseñó lo que era importante. Después apareció Pablo Ramos, una experiencia muy intensa, pero que me ayudó a encausar esa pulsión, que es el acto creador. Hasta ese momento yo sentía que escribía “correctamente”, pero no lograba encontrar la motivación, o si la encontraba, no podía sostenerla hasta el final. Pude resolverlo y empecé a disfrutar muchísimo del acto de escribir, que es lo que me instala como escritora-para-mí, como dice la Heker. Hoy aprendo de mis compañerxs, los tengo cerca y los tengo siempre. La amistad para nosotrxs es decirle al otrx que lo que escribió es horrible. Ellxs siempre me mejoran.

  • ¿Cómo llegan estos cuentos? ¿Nos contás del proceso de escritura de estos relatos?

Todos, o casi todos, llegaron después de Ramos. El proceso previo a sentarme a escribir es el que más dura; llego a la hoja en blanco cuando tengo algo para decir, aunque no sepa aún del todo cómo voy a resolverlo. Entre medio pasan un montón de cosas: días, muertes, trabajo. Todo eso va influyendo en el texto. A Algo que vuele lo escribí en un período de nueve o diez meses; la idea de libro apareció cuando los cuentos estaban listos y parecían responder –extrañamente- a un todo.

  • ¿Cómo convive tu profesión de abogada con esta voluntad por escribir y publicar?

No conviven. Soy una cosa y la otra, por separado. Tengo que disociarme para poder escribir; me llevó mucho tiempo hacer que eso funcione. Todo es lenguaje, es cierto. Y también es cierto que la ley -como la literatura- es performativa, crea mundos, no sólo los nombra. Pero no existe tal dimensión creativa en la vorágine diaria; las discusiones iusfilosóficas ni siquiera empiezan cuando la prioridad es esa mujer o ese hombre que perdieron el trabajo y necesitan cobrar el mango.

  • ¿Sentís una conversación entre tus relatos y este tiempo revolucionario para las mujeres? ¿En qué sentido?

Algo que vuele se gestómientras las mujeres allá fuera –y acá adentro- estábamos dando grandes batallas. De algún modo, el proceso de escritura de este libro coincidió con mi despertar político, quizás por eso hay una presencia muy fuerte de lo femenino en los relatos, o al menos, esa es mi sensación. 

  • Sé que formás parte de un movimiento de mujeres que se está gestando en Sampacho, tu pueblo. ¿Por qué te parece importante dar esta militancia desde las pequeñas comunidades?

La militancia en el pueblo es algo hermoso. Hace unos meses, una compañera me hizo leer un texto de Laura Escudero que decía algo así como: “hay que saber habitar los tiempos del pueblo”, y eso es el feminismo, no anular el acto político. Con las pibas del pueblo la construcción es horizontal, la palabra circula sin academicismos, no hay voces autorizadas, todas tenemos algo importante para decir. Y nos esperamos, y el amor se gesta en esa espera.

  • ¿En tu rutina cotidiana tenés incorporada la escritura? ¿De qué manera?

Escribo casi todos los días, por la tarde, después del trabajo. Muchas veces sólo me dedico a leer. De a poco voy incursionando en la poesía, es una posibilidad hermosa y mucho más inmediata de vincularme con la escritura. Paso tardes enteras sin escribir, pero pensando en un diálogo o hablando con mis amigxs de tal o cual texto. Todo va a parar al mismo lugar.

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¿Un libro de Aimar, qué Aimar, el jugador de fútbol?, por Ricardo Sánchez (*)

Oscar Tomás Aimar

 

No, pero sí. Les explico: fue como jugador de fútbol que conocí a Oscar: sólo después supe que se llamaba Tomás, un nombre elegido acaso por razón de familia pero que le conviene a su condición de jugador que no le afloja a la exigencia del apellido.

 

Excelencia la suya en ese campo, y espero que ahora acepten este esquinado comienzo, que se maceraba (se macera, porque el maldito sigue jugando) en su capacidad para “leer el juego”, como suelen decir los periodistas deportivos, esos pícaros omnipresentes y frecuentemente canallas.

 

Quiero decir que Aimar, Oscar, y después pero lógica y comprensiblemente Tomás, destacaba, de pantalones cortos, porque era capaz de encontrar en las jugadas más insignificantes y mal vistas, por caso un pase de media cancha a su propio arquero, lo que podía engendrarse en esa minucia.

 

Después, de a poco, fui percibiendo que así como en la cancha procedía Oscar en su casa en el 183 de Antártida Argentina, un  rincón donde arde, y crepita a media voz, la pasión por los libros: lo hace ejerciendo esa especiosa claridad, verdaderamente poco común, para ver el otro lado de las cosas y –a esto lo sabría más tarde-, para desafiar lo que veía cuando leía.

 

Con esa potencia sin alardes, se manifestó después en la por entonces esquizofrénica redacción del viejo diario “El Pueblo”, al lado de donde escribía Filloy, sabiendo ya que un texto, tal como aparece en su superficie, representa una cadena de artificios expresivos que es obligatorio actualizar, y que se actualiza (que él actualiza) en cada lectura.

 

Oscar leía ya entonces desde la perspectiva singular que le había sido dada a su inteligencia, que seguramente ejercía ya desde sus primeras lecturas: captando que toda expresión está vacía hasta que el lector realiza indefectiblemente frente al texto una operación que, además de aspirar a la inmediata comprensión, la resignifica, la resitúa.

 

Era sorprendente, al menos lo era para mí, y aventuro que para la gran mayoría de aquella delirante redacción, la naturalidad con la que se situaba en esa curiosa relación, en esa coyuntura, que existe entre el acto aislado de leer y lo secreto que la escritura construye fuera del tiempo, ejecutando una perpetua reconstrucción de lo real aparente.

 

Esa operación lectora, construida en la intersección entre lo presente y lo ausente, entre el recuerdo y la experiencia, aupaba ya una escritura, completa e inquisidora, que sobrevive y se explaya en “Memorias de la inocencia y otras trampas”, transformando lo contingente de una mirada, la suya, en una escritura indeleble e indispensable, dotada de similar sutileza.

 

Es decir, que muchas de las páginas de este libro que hoy gozosamente recibimos, se veían venir hace 35 años, que se dice pronto. Por eso me permito una digresión para agradecer a “Cartografías” por este acto de justicia, que nos quita un peso de encima a los que ya no podíamos soportar que, frente a tanta tontería publicada, Oscar permaneciera inédito.

Y vuelvo a estas raras “Memorias…” para postular que Oscar escribe desde su condición de “lector in fábula”, por recuperar el eco de las palabras de Eco. Es decir, con plena conciencia y con un dominio impresionante de la operación que se requiere para ejercerla, concibiendo y ejerciendo el acto literario como la escritura de una lectura y viceversa.

 

Desde ese atalaya, crea una compleja combinatoria que, cito, “da lugar a magias parciales y descubrimientos imprevistos y aleatorios”. Vacilaciones que empero no son índices de pobreza sino más bien todo lo contrario, porque instalan la escritura en las mismísimas arenas movedizas de la condición humana, dejándose penetrar por la eterna incertidumbre.

 

De tal manera Oscar ejerce esa operación, tan Borges, consistente en crear reglas propias para su escritura, en instaurar una propia legalidad. Operación que le permite, por ejemplo, hacer literario a un tal tío Néstor que, real o apócrifo, está dotado, gracias a la escritura que lo define, de una delicada impresición.

 

Lo mismo consigue con la instauración literaria de unos padres, unos hermanos, una improbable familia como “Los Ayerza” y unos amigos del barrio que cita la voz narradora de “El gol de Grillo a los ingleses”: acaso seres de carne y hueso que se hacen personajes de literatura de alto rango gracias a las “maniobras” del lenguaje a través de las cuales Oscar, desarrolla la estrecha relación entre el mundo real, el libro y la lectura.

 

En ese desplazamiento, que continuamente se corre del eje convencional y tiende a licuar las jerarquías, sus textos desarrollan un equilibrio de fuerzas en el interior del campo literario, generando, por caso, en “El lobo del hombre”, una relación casi dialéctica entre la molicie social y una innata e íntima pulsión destructora.

 

Oscar hace suya la operación borgiana –Borges, si no lo saben lo advertirán al leer este libro, es una pasión sostenida por el asombro perpetuo- según la cual puede usar a voluntad cualquier elemento, hechos pero también personas del mundo real y literario –“Martín Fierro” pero también a Saer, Sarlo, Piglia, Martínez y el mismo Borges-, para realizar a través de ellos una combinatoria escritural en permanente mutación, inscribiéndolos en sus tramas o contradiciendo y hasta peleando con sucesos, ideas y formas de la escritura.

 

Eso sin una gota de alarde. Y desplegando generosamente la fertilidad y agudeza de su condición lectora, para convidarnos a acompañarlo en sus abrazos y sus diatribas, mientras las hace literatura: una literatura que, además de generosa traducción de sus hallazgos lectores, despliega una particular forma de pudor, que siempre está al salto para relativizar sus hallazgos.

Ese acto de transformar en obra su mirada acerca de otros textos, es fruto del arrojo de quien se interna en el laberinto de la lectura sin llevar consigo el hilo de Ariadna: y transforma ese viaje aventurado en una escritura que mata al Minotauro y consigue salir por las suyas, para contar la peripecia mientras alumbra el camino, en una operación de ida y vuelta.

 

Así se crean textos, en los que se vislumbran las exiguas condiciones de la relación amorosa y los evanescentes triunfos como “Pirro”; el inestable equilibrio entre “palabras temibles y bravatas innobles”, en Aniversario”; la operación analítica acerca del lenguaje de “Elogio de la coma”; el juego de espejos con el estilo Cortázar en “Un compromiso”; el realismo duro disuelto en ternura de “Con este sol”; el humor paródico de “Historia en negro”.

 

Esas y otras maravillas son las que se reúnen aquí, atribuyéndole sentido a fruslerías tales como el gesto delirado de un jovenzuelo que mientras repite los movimientos del coito dice estar cogiéndose la tierra y, un poco más adelante, desafiando y desmintiendo la presunta espontaneidad de los surrealistas al crear su método, y conjeturando una situación sexual oculta en algún verso del “Martín Fierro”.

Así se enhebra este collar deslumbrante hecho de cuentas cuyo brillo resplandeciente necesitaba de un escaparate que lo pusiera a la vista, reclamando nuestra atención con la fuerza incontenible que, a pesar de los pesares, siguen anidando en el objeto libro, cuyo raro fulgor, que el tiempo enmohece pero no apaga, seguramente sigue encandilando, como a mí, a los aquí presentes.

 

Para describir las formas variadas a través de las que Oscar trama su escritura, lo cito, “podrían usarse, sin desmedro de sus cargas peyorativas, las palabras miscelánea, collage, centón”, eso dice, previendo lectores insidiosos o acaso insuficientes. Formas sueltas que sin embargo se dejan agrupar por la común perspectiva de una mirada cuya agudeza preexiste a, aunque se prolonga en, el ejercicio de la escritura.

 

Utilizando su memoria prodigiosa, que abraza lo culto y lo popular con una frescura y una profundidad poco habituales, utilizándola, digo, para rizar el rizo, a sabiendas de que la memoria suele crear a la vez contornos imprecisos y falsas imprecisiones, Oscar desarrolla, magistralmente a mi juicio, y vuelvo a citarlo, “la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas.”

Y el resultado de esa operación es un universo en el que se empieza por olfatear influencias y detectar remedos, y se termina envuelto en la sutil trama reflexiva y a la vez humorística, que crea su autor. Sutil trama hecha de un constante espíritu inquisitivo, que goza en interrogar, y en interrogarse, aunque se sabe sumido en la acaso vana tarea de encontrar explicación a los modos a través de los cuales el animal humano transcurre y escribe la historia.

Leer, y escribir con una perspectiva personal, acerca de esa aventura, es emprender (otra vez está Borges) “una tarea ilimitada”, y a pesar de eso, es algo que, dada la profundidad del gesto, se puede colegir que acompañará a Oscar hasta el fin. Y de eso sí que podemos sentirnos regocijados quienes tenemos la posibilidad de leerlo, aunque a él pueda generarle angustia la certeza de que no podrá “descifrar las antiguas lenguas del Norte”.

Que Oscar escriba como escribe, después de haber leído como lee, produce, lo cito una vez más, “un enriquecimiento del arte detenido y rudimentario de la lectura.” Y recupera para la literatura, su condición de “arte que sabe profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido, y encarnizarse con la propia virtud, y enamorarse de la propia disolución y cortejar su fin”. Lo maravilloso de la literatura que producen escritores como Oscar es que, frente a tantas incertidumbres y amenazas, se yergue el placer que nos produce leerlos.

 

Un placer que se me ocurre virtuoso recomendarles ahora mismo mientras vuelvo a agradecer a los magníficos cartógrafos que, al seguir con su tarea de correr los límites del mapa de nuestra literatura, hayan asumido el pago de esa deuda que en principio era mía, íntima, pero que entiendo bien podría haber sentido como propia cualquier lector que esté al salto para registrar la aparición de uno de los buenos, como Oscar.

 

Porque es que hay mucho más que una frase aquí para guardar en la memoria: lo digo por si es que le sirve a la felicidad que reclama el autor en ese prólogo auto-inflingido. Y además hay mucho del placer que provoca la inteligencia en los textos escritos por este Aimar, Oscar para quienes lo conocemos parece que desde antes del agua, y Tomás para seguir cierta trama prodigiosa en sede familiar.

Oscar Tomás Aimar, de quien tomo, como cita  propiciatoria, la situación que trama en el melancólico y tierno final de “El gol de Grillo a los ingleses”, para abandonarlo ahora mismo mientras sale del 183 de Antártida Argentina, esquivando lo que haya que esquivar en este extraño diciembre.

 

Mírenlo, se dirige hacia una canchita, una canchita cualquiera, la que le quede más a mano. Y síganlo: si lo miran jugar un picadito, acaso se despierten en ustedes la irrefrenable necesidad de comprar “Memorias de la inocencia y otras trampas”, porque Oscar Tomás Aimar lee el juego tan agudamente como lee libros y, “mutatis mutandi”, escribe tan bien como juega.

 

(*) Ricardo Sánchez. Periodista)

 

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Nicolás Jozami, sobre La joroba del Edén: “Hay que ingresar a los cuentos en forma oblicua, agachados, jorobados”

El escritor Nicolás Jozami, autor de El brillo gemelo (2016) y La quimera (2009), acaba de publicar La joroba del Edén. Sobre el título, dice: “Gabriel Pantoja, que hizo la contratapa, alude justamente a una posición, otra vez, lectora: ingresar a los cuentos del libro en forma oblicua, agachados, jorobados, porque en algún momento, cambian las reglas”. Agrega que en uno de los cuentos hay una clave mínima aunque explícita que le da sentido al título.

En este diálogo con Cartografías, el sello que Jozami eligió para publicar este libro de relatos, revela algunas consideraciones sobre el origen de esta obra y la conexión con sus anteriores. Habla de rupturas y continuidades.

Nicolás Jozami

– ¿Cuál es el germen y el proceso de escritura de La joroba del Edén?

– Este libro nació, germinó, de modo similar al de mis dos libros anteriores. Hay un momento en el que descubro que existe la posibilidad de reunir cuentos que, en base a procesos de pulido, devoluciones de lectores, y mi decisión, cuajan; de allí que me permito verlos luego como totalidad, una en la que los textos seleccionados pueden convivir en un mismo volumen, sin más alteraciones,  continuidades, disfunciones, que las que cada lector puede hacer en su propio recorrido de lectura.

El proceso de escritura fue variado, y esto viene atado a lo anterior: hay cuentos que están en el libro, como por ejemplo Junto al río, que -escrito en estos últimos meses y tomado de un sueño de mi novia- lo había pensado con otro título y para otro volumen de cuentos, pero que luego de revisarlo y compartirlo, decidí que debía estar. En cambio, hay otros que han sido escritos hace tiempo atrás, como Unicornios, y que decidí integrar para, en este caso, intentar eso tan difícil que es lograr un cuento medianamente “feliz”.

En el caso del cuento más largo, Diáspora, intenté otra cosa, busqué otro efecto: la idea era ver qué pasaba, y qué me salía si condensaba una novela que tengo escrita -casi terminada- en un relato. Salió eso; de ahí tantos nombres de personajes, y como un retardo en las acciones del protagonista; ahí sí, quería demorarme en la escritura de un relato donde por ejemplo los personajes aparecen pero casi como un decorado, porque el argumento pasa por otro lado. De hecho, un amigo escritor que lo leyó me dijo que había muchos personajes nombrados, y que le parecía que no prosperaban, que no sabía hacia dónde iban o para qué estaban; cuando consulté si eso entorpecía la comprensión de la historia, me dijo que no, entonces le comenté lo de la novela condensada y que estaba hecho adrede lo de los nombres.  Quizás más adelante, esa novela, cuyo título es Diáspora, pueda ver la luz y se cierren algunas cosas que acá, en el cuento, quedan sin explicación o, mejor, sin lógica.

– Ya venías trabajando con el género cuento, publicaste El brillo gemelo en 2016. Este nuevo libro: ¿cómo se relacionan con los anteriores?

– Lo que diga acá puede ser refutado o no con total libertad y tranquilidad; cada lector carga motivaciones, expectativas y lecturas anteriores que aplica a cada texto que cae en sus manos. El brillo gemelo salió en 2016; La quimera, en 2009. Me considero un cuentista sobre todo; tengo bastante escrito pero por momentos pienso que dentro de temáticas diversas y con elementos y personajes y tramas diferentes; tal vez es lo que uno quisiera hacer o cómo quisiera ser leído, aunque no haga más que estar apresado y repetir siempre lo mismo; como ya dijo alguien, no se puede escribir literatura más que repitiendo obsesiones, disfrazándolas.

Sí, en La joroba del Edén, hay otra vez algunos personajes oblicuos, desplazados, a quienes les suceden cosas que estiran la realidad. El jugador podría leerse como una patología, pero creo que hay escondido un manifiesto sobre la diversidad, las formas del amor, que son tan múltiples como ciertas; en Maniobras se puede ver un reverso del amor; cuánto se conoce al conocido, y cómo se acomoda y entiende la vida de alguien a partir de un acto deleznable. En El aniversario de Artemisa hay un flirteo con el policial, pero lo que me interesaba trabajar ahí es la mente de quien no pudo superar algo tan simple como un rito social.

Para responder la última parte de la pregunta, creo que hay rupturas en cuanto al abandono, en este último libro, de lo que algunos lectores y escritores mencionaron como cuento ensayístico, como podía ser La respuesta y El prólogo o la sinceridad de una indagación, de El brillo gemelo, o La quimera y Los traductores, del libro La quimera.

– ¿Hay algún elemento que funciona como clave de unidad en La joroba del Edén? Además, nos da curiosidad el título del libro: ¿hay una clave de lectura en el título? 

– En un cuento, que no develaré cuál, hay una clave mínima aunque explícita que define, da sentido al título. Gabriel Pantoja, que hizo la contratapa, alude justamente a una posición, otra vez, lectora: ingresar a los cuentos del libro en forma oblicua, agachados, jorobados, porque en algún momento, cambian las reglas; hay que detenerse en los detalles, o en el mismo suelo, contorsionado, mientras se lee, sigue Pantoja, y esa imagen me pareció muy ilustrativa como crítica. Me hace acordar a los dibujos endebles y a uno o dos trazos de los hombrecitos de Kafka.

Creo que no hay un género que unifique; hay algo de policial, de extraño, de realista, de hecho uno se topa con La educación sentimental, cuento de argumento pedagógico, realista, luego de atravesar El jugador; ahí se le queman las previsiones al lector, y creo que busqué -no sé con qué grado de certeza y exactitud- un libro desparejo, heterodoxo, donde cada cuento te saque y haga olvidar del anterior. Diáspora podría concentrar ese tono apelmazado, lento, realista, pero al mismo tiempo quiere ingresar en lo extraño, en la posibilidad liminal de algo entre imposible y veraz. No me gusta lo que leí de César Aira, pero, como sucede a veces, tal vez he mezclado algunas cuestiones que él mismo hace en sus novelitas; olvidarse de las tramas o de algún personaje, poner embudos de sentido que luego no prosiguen, atar una cosa con otra en algo desopilante; quizás hasta podría gustarle Diáspora que, en el fondo, es un homenaje al pasado y a la vez un cuento melancólico.

El efecto de lectura que busco acá es el del libro de cuentos que te desampara en tus previsiones, te desajusta; pienso en Cuentos de amor de locura y de muerte, de Quiroga, en Los padres de Sherezade, de Guebel, y hasta en La luz de un nuevo día, de Hebe Uhart; en ellos te topas con historias tremendamente bien contadas, trompadas psíquicas, pero otras te bajan la adrenalina, y te parecen historias no hechas para esos libros; esa oscilación, en esta etapa, me gusta, son como empujones o advertencias para que la experiencia lectora prosiga; luego uno saca la conclusión del conjunto, de cuentos, pero el viaje ya está hecho. Después claro, hay también otros autores que no pueden dejar de dominar su propio pulso, y uno ve en cada párrafo el estigma de su profundidad y alma; pienso en los últimos libros de cuentos de Onetti, o en Kafka mismo, hasta el truculento sabor que no puede abandonar Silvina Ocampo.

– ¿Nos podés decir algo del arte de tapa? ¿Participás en el diseño o es algo que te resulta ajeno?

– Me gusta participar -en lo posible- en el arte de tapa de mis libros. Suelo pensar al libro con la portada. Pasó con La quimera, donde la tapa es la foto de un actor con ese engendro sobre su cabeza, que remite a la cita de Baudelaire al principio y dan algunas orientaciones de lectura; con El brillo gemelo intervine para dar mi opinión sobre lo hecho por el editor, ante su consulta; en La Joroba del Edén sí tuve presente la tapa del libro cuando vi una fotografía de mi viejo, que es fotógrafo de fuste aunque él se considere un amateur. Cuando vi esa imagen, que es más incógnita que el propio libro de cuentos completo, dije “ésta será la tapa”; encima encontré una joroba blanca y negra, o yo quise ver eso. Ya no había excusas para dejar el título y terminar de cerrar el libro.

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Víctor Maldonado: “La ciencia ficción es la manera de anticiparse o resignarse a lo que vendrá”

“El forastero nació como una necesidad de expresarme de una manera nueva, descontracturada; es mi grito de la medianía de la vida”, dice Víctor Maldonado al hablar de su primer libro publicado.

Tal como se señala en la contratapa, “El forastero es un libro misceláneo. El cuento, la poesía y la meditación se dan cita en una polifonía más que singular. No obstante, una cosmovisión de sesgo latinoamericano cohesiona la variedad de géneros que recorren de principio a fin”.

En esta entrevista repasa sus primeros acercamientos a la lectura y la escritura y recuerda sus primeras creaciones vinculadas a las historietas. “Escribir es connatural a mi, no puedo explicarlo de otra manera”.

-¿Cuál es tu recuerdo de cuando empezaste a leer?

-No tengo un recuerdo claro de cuándo comencé a leer; de hecho, desde mi punto de vista, la lectura es un hecho simultáneo con la conciencia de vivir (hay patio grande en un día cálido, y un cielo azul y una paloma que lo cruza allá en lo alto; luego, voy a ver a mi madre, porque de alguna manera sé que está trabajando en el local que da a la calle, y allí siempre hay revistas para hojear). Y es que aún antes de leer un libro, ya deletreo algunas palabras.

-¿Qué fue lo primero que escribiste y por qué tuviste ese impulso?

-Mis primeros escritos tenían el formato de historietas. Creaba historias, hacía los dibujos, les agregaba los diálogos. En esa época la presencia de historietas era todavía fuerte. Un buen día, allá por 1983, escribí un cuento que presenté en una reunión de la Sade (Sociedad Argentina de Escritores). No recuerdo de qué trataba, pero sí que no fue bien recibido por un miembro del grupo. Así que me asusté y no volví más.

Lo que me llevó a escribir historietas y cuentos (pese al susto, nunca paré de escribir) es un impulso que siento en el pecho, algo cálido y urgente que aparece en mi seno hasta el día de hoy. Escribir -y todo lo que implica- es connatural a mi ser, no puedo explicarlo de otra manera

-¿Cómo se fue gestando El forastero? 

El Forastero nació como una necesidad de expresarme de una manera nueva, descontracturada. Por eso consta de dos partes, y esas partes de cuentos y poesías y reflexiones. Hubo una urgencia de expresión libre, cuasi juvenil, de congregar escritos sueltos “viejos”, nuevos y alguno que otro escrito al efecto. El Forastero es mi grito de la medianía de la vida.

-¿Qué lugar tiene el género de ciencia ficción en tu vida y en tu obra?

-El género de ciencia ficción ocupa un lugar muy importante en mi vida. De él me nutro, como antaño, no sólo por lecturas, sino también con buen cine (Bladerunner, 2001 Odisea del espacio,  Horror en el espacio, etc.) Y la música (Kraftwerk, Vangelis, Jarré). La C.F. es prospectiva trabajada en el hoy, el bocadillo que se saborea antes de ser comido, la manera de anticiparse o resignarse a lo que vendrá.

-¿Qué significa publicar, formar parte del catálogo de una editorial independiente?

-Publicar en una editorial independiente es un paso importante en la vida de un escritor, es sentirse de alguna manera hermanado con los que forman parte de ella y sufren las vicisitudes del mercado y de la era de la imagen. Es sentirse un poco menos solo, mientras el alma discurre hacia ese futuro posible (terrible, quizá, por su carácter contingente) que la ciencia ficción bien sabe anticipar.

 

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María del Carmen Marengo: “La realidad como una experiencia fantasmal, llena de interrogantes, es clave en mis relatos”

La escritora cordobesa María del Carmen Marengo aclara en el inicio de esta entrevista que el libro que acaba de publicar Los fantasmas y los niños (Ed. Cartografías) no se trata de cuentos de terror, como el título podría llegar a sugerir. El título de este libro tiene que ver con una recurrencia en sus relatos: encontró que en casi todos los cuentos aparecen niños, o se conjura una memoria infantil. “A la vez, algo que me interesa mucho como materia narrativa es la imposibilidad de establecer exactamente qué pasó, cómo ocurrió determinada situación, la realidad como una materia evanescente, confusa, secreta es como el punto clave en la mayoría de estas historias. Por eso tomé el título de uno de los cuentos, “Los fantasmas y los niños”, que me parece da cuenta de lo más general, lo que atraviesa todo el libro: la realidad como una experiencia fantasmal, llena de interrogantes y de espacios sin cerrar, y los niños, que son quienes mejor pueden representar ese extrañamiento ante el mundo”.

Marengo es Licenciada en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba, donde se desempeña como profesora. Con una extensa trayectoria, publicó los libros de poesía El fuego invisible (2001), El camino de los ángeles (2003), El libro de los jardines y los abismos (2007), La vida numerosa (2014), la nouvelle El legado (2010) y los ensayos Curiosos habitantes. La obra de Bustos Domecq y B. Suárez Lynch como discusión estética y cultural (2014) y Geografías de la poesía. Representación del espacio y formación del campo de la poesía argentina en la década del cincuenta (2006).

-Contame de tu último libro, Los fantasmas y los niños: ¿cómo surgió?

-Es un libro que ha ido formándose con el tiempo, a lo largo de casi un par de décadas. Algunos cuentos tienen muchos años, otros son más recientes. En un momento, incluía mi nouvelle El legado (que luego tomé la decisión de publicar individualmente), y algunos cuentos no estaban escritos todavía. Tampoco tenía este título. Luego, con el ingreso de cuentos más nuevos, decidí quitar algunos muy viejos, que ya no me convencen, hasta incluir un conjunto que me parecía más o menos homogéneo.

-¿De qué dirías que trata? ¿Qué temas abordás?

-Como es un libro que ha ido formándose con el tiempo, las temáticas son diversas. Antes que nada, quiero aclarar que no se trata de cuentos de terror, como el título podría llegar a sugerir (género que está un poco en boga). A la hora de darle un título al libro, busqué una recurrencia, algo que pudiera englobar todo el conjunto, y lo que encontré es que en casi todos los relatos aparecen niños, o se conjura una memoria infantil. A la vez, algo que me interesa mucho como materia narrativa es la imposibilidad de establecer exactamente qué pasó, cómo ocurrió determinada situación, la falta de elementos con que nos encontramos cuando queremos reconstruir un acontecimiento en base a la memoria o en el presente incluso, esos vacíos que al conocimiento nos presenta la realidad; la realidad como una materia evanescente, confusa, secreta, es como el punto clave en la mayoría de estas historias. Por eso tomé el título de uno de los cuentos, “Los fantasmas y los niños”, que me parece da cuenta de lo más general, lo que atraviesa todo el libro: la realidad como una experiencia fantasmal, llena de interrogantes y de espacios sin cerrar, y los niños, que son quienes mejor pueden representar ese extrañamiento ante el mundo.

-¿Cómo fue el proceso de escritura?

-Generalmente cada cuento surge a partir de una anécdota que alguien me cuenta, o de algo que he vivido. De pronto veo que hay ahí un cuento, a veces puede ser inmediatamente después de escuchar la historia. A partir de ahí el relato se va armando casi solo. Suelo tener muy claras desde antes de comenzar a escribir las estructuras externas y narrativas del cuento. Y luego empieza a surgir el lenguaje, las frases, las oraciones, párrafos enteros. Antes de sentarme a escribir tengo que tener claro todo esto, tengo que escuchar en mi cabeza las oraciones que van apareciendo de manera fluida, casi como un dictado. Si esto no pasa así, no hay forma. No se puede luchar contra lo que no sale. Y con los cuentos que son puramente imaginarios es más o menos igual, tengo que tener clara la estructura de la historia y “escuchar” es voz que se va formando. Luego, por supuesto, hay que corregir y corregir. En este punto son importantes las lecturas generosas de los demás. Amigos como Fernando Degiovanni, Jorge Aguilar Mora, Gustavo Giovannini, Fernando Bono leyeron e hicieron importantes sugerencias. También mi esposo, Walter, hizo sus lecturas y me ayudó a definir cuentos como “Franco” o “El diablito”. Luego, ya en pleno proceso de edición, Leopoldo Brizuela, a quien agradezco su generosísimo comentario de contratapa, también hizo sugerencias que denotan su profesionalismo y su oficio.

-¿Cómo trabajás a tus personajes?

– Con respecto a los personajes, tengo que imaginar sus características ya más específicas, elaborar las motivaciones por las que hacen lo que hacen. Hay que tratar de utilizar palabras muy precisas, muy certeras ya que en un cuento no hay tanto espacio para profundizar la psicología de los personajes, como en una novela. Y a la vez, en un cuento que es puramente imaginario, como “Diciembre, 2000”, me inspiré en alguien que conozco para caracterizar al personaje principal. No en su proyecto de rebelión pero sí en algunas características de vida.

-¿Por qué te interesa el mundo de las familias?

-No sé si me interesa tanto literariamente el tema de las familias. Me interesa la relación padres-hijos, eso sí. Aunque no es algo que haya tenido en cuenta concientemente en la confección del libro, creo que está en algunos relatos. Como por ejemplo el tema de la adopción, al que hay dedicados dos cuentos, “Franco” y “La caja madre”.

-¿Qué encontrás de atractivo en los paisajes rurales, en el tono de otros tiempos?

-Por un lado, yo nunca viví en el campo, pero mis abuelos, mi padre mismo cuando era chico sí, de modo que siempre escuché hablar del campo, de gente que había vivido en el ámbito rural. Por otro lado, más que los espacios rurales, me interesan los pueblos en tanto que presentan un modo de socialización de la vida privada que nos pone ante la incertidumbre, o ante la casi imposibilidad de reconstruir una verdad. Porque todo el mundo habla de lo que le pasó a todo el mundo, pero todos aseguran cosas diferentes, muchas versiones tiene su contra versión. Eso me parece muy interesante. La vida de los pueblos nos pone ante un problema esencialmente filosófico: ¿cuál es la verdad? Hay una conformación de la episteme allí, donde cada uno elige qué o a quién creer. Bueno, allí donde cada uno elige qué o a quién creer a mí me queda siempre un gran margen de incertidumbre. No me parece casual que muchos de los escritores que trabajan con la problemática de las versiones, que construyen sus obras en esa polifonía o ese collage, sean gente que ha vivido en pueblos (como Puig, Saer, Piglia, Andruetto).

Y luego hay quizá una razón más personal y más profunda: mi familia no es de intelectuales o de profesionales. Provengo de una familia de clase trabajadora, mi papá era empleado de la usina y mi mamá es ama de casa. Ellos me educaron para que estudiara, para que tuviera una profesión, siempre me compraron libros. Indudablemente no era Letras la profesión que esperaban, pero aun así respetaron y apoyaron mi elección. De todos modos, es raro para mí esto de escribir, de dedicarse a escribir y a leer. Entonces, quizá sea un modo de vencer esa extrañeza, esa ajenidad de clase, el volver a los relatos, los espacios, los tonos del lenguaje conocidos, los que formaron parte de mi infancia, de mi historia y la de mi familia. Porque creo que lo que gravita aquí, en los relatos del libro, es el lenguaje de esa región tan particular que es la Pampa Gringa. No todos los relatos del libro se ubican espacialmente en un pueblo o en el campo, algunos presentan un espacio urbano. Pero creo que es el tono, el lenguaje de la clase media baja en la llanura lo que les da ese marco aparentemente pueblerino o rural.

-¿Cómo se vincula con tus otros libros?

-Los niños aparecen, aunque de una manera más simbólica, en El camino de los ángeles. Creo que en general hay un tono pueril en ese libro y en el anterior, El fuego invisible, que es mi primer libro publicado. Luego, los temas de la maternidad y de la prematurez están en La vida numerosa (Editorial Cartografías), y aquí reaparecen en “La caja madre”.

-¿Sentís que tu libro dialoga con el de alguna otra escritora cordobesa?

– Autoras como María Teresa Andruetto en sus novelas o Lilia Lardone en Puertas adentro, trabajan sobre la zona cultural de la Pampa Gringa. En el caso de Andruetto también hay una indagación sobre los vacíos, los puntos oscuros que pueden presentar las distintas historias. Luego, Eugenia Almeida, en El colectivo, también logra una representación muy eficaz de las relaciones, los tipos de personajes y los modos de resolver situaciones en un espacio pueblerino de la llanura ubicado entre las décadas del 60 y 70, espacio-tiempo que es afín a mis relatos. En este caso, hay una afinidad más profunda, y es el modo de representar la tragedia social, la tragedia de la Historia como algo subsumido bajo las capas de lo cotidiano y de la vida personal pero que en un punto emerge de una manera rotunda o secreta. Ese peso de la Historia en lo insignificante de la vida es algo que me interesa mucho, más aun que la grandeza de la Historia en sí.

-¿Por qué elegiste a Cartografías para editarlo?

– Conozco a la gente de Cartografías desde hace mucho tiempo y sé de su seriedad, profesionalismo y lo buenas personas que son. Yo ya había publicado mi libro de poemas La vida numerosa en este sello y fue una muy buena experiencia. Con los cuentos sucedió que le envié uno de ellos, “¿Te acordás de Gustavo Sanmarino?”, a Jorge Esteban Musolini, por bromear con la temática de las telenovelas del pasado, y él a su vez, sin decirme nada, se lo envió a Pablo Dema, quien lo publicó en el suplemento cultural del diario Puntal el 26 de marzo de 2017. A partir de ahí comenzamos a conversar sobre la publicación del libro en la editorial. Y verdaderamente se trabajó muy bien con la edición, con mucho cuidado, paciencia y esfuerzo para que todo saliera bien.

 

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Oscar Aimar: “A los siete u ocho años emprendí la reescritura de La guerra y la paz”

Oscar Aimar reconoce que su verdadero amor es la lectura. Y atribuye a su padre como fundante en su vínculo con los relatos. “Mi viejo nos contaba, en versión libre, la Illíada y la Odisea y, de esa manera, casi sin énfasis, nos mostró que la ficción puede ser importante en la vida de la gente. Después de eso, nunca pude dejar de leer”, recuerda. En esta entrevista, Aimar ofrece una infidencia. “A los siete u ocho años emprendí la reescritura de La guerra y la paz, un libro del que también nos hablaba mi padre. A diferencia de Menard, mi texto debía ser otro y mejor que el de Tolstoi”, dice.

Memorias de la inocencia, y otras trampas es su primer libro publicado, que se presenta este 15 de diciembre en el espacio de El Andino, en Río Cuarto. En este libro, editado por Cartografías, se dan cita relatos que se apropian del género policial, otros que indagan los enigmas de la prosa del mundo, fragmentos autobiográficos, ensayos que dialogan y discuten con clásicos de la literatura nacional y universal.

-¿Cuándo nació su amor por la escritura?

-El amor que merece llamarse así es el amor por la lectura. Mi viejo nos contaba, en versión libre, la Illíada y la Odisea y, de esa manera, casi sin énfasis, nos mostró que la ficción puede ser importante en la vida de la gente. Después de eso, nunca pude dejar de leer. El pasaje de leer a escribir es un gesto personalista, de ocupación del proscenio, no siempre digno, pero, en algunos casos, inevitable. Uno lee y lee y, de pronto, cree entender que también tiene algo que decir. Y casi nunca es cierto.

-¿Qué fue lo primero que recuerda haber escrito?

-A los siete u ocho años emprendí la reescritura de La guerra y la paz, un libro del que también nos hablaba mi padre. A diferencia de Menard, mi texto debía ser otro y mejor que el de Tolstoi. Puse el título en letras mayúsculas, escribí una frase, y di por terminada la obra. Mi versión tenía al menos una virtud que el original no tiene: la brevedad.

Ese esfuerzo me dejó exhausto. Reaparecí varios años después, en la adolescencia, con algunos cuentos que me valieron el acercamiento a aquella SADE de Juan Floriani, Carlos Mastrángelo, Susana Michelotti. Después fue la incursión por los medios locales: El Pueblo, La Calle, Puntal, algunas revistas, algunos concursos… Pero ya se sabe que los concursos están todos arreglados, excepto los que gana uno mismo.

 

-¿Cómo surgió Memorias de la inocencia, y otras trampas?

-El libro como tal  surge de la imaginación  desaforada de José Di Marco, y de su consecuente generosidad. Antes de su propuesta  de publicación, no había un libro, sino una cantidad de textos acumulados y dispersos, que habían sido publicados en algunos diarios y revistas, y ni siquiera todos ellos. La propuesta de Cartografías me obligó a reunirlos y advierto que esa vecindad les presta una voz nueva inexistente antes, durante la diáspora.

-¿De qué diría que tratan los relatos de este libro?

-Aunque más no sea porque antes se podía inquirir sobre el tema de cada relato o ensayo, y nada más; ahora tiene derecho el lector de preguntar cuál es tema del libro. Si tengo que contestar diría que el libro, a pesar de ser una “silva de varia lección”, como le decían los clásicos a las misceláneas, tiene un tema común, y ese tema es la escritura.

Por debajo de ese plano, si se quiere  como excusas para desarrollar la escritura, aparecen algunos relatos cortos, algún cuento policial, ciertos ensayitos con tendencia a la polémica…Todos esos temas parciales funcionan, espero, como pre-textos del texto.

-¿Sus disparadores son acontecimientos vividos por usted? ¿cómo los elabora para volverlos de interés literario?

-Algunos textos se disparan a consecuencia de episodios vividos, o vistos, pero se diferencian  pronto de la realidad. Tengo una imaginación muy desagradecida: aun cuando se apoye en lo real, enseguida lo tergiversa, lo falsifica, lo contradice, como si hubiera una decisión inconsciente de afirmar la autonomía de los espacios de ficción.

A otros los desencadenan presuntos hallazgos en la lectura, casual o reiterativa. En unos pocos hay una previa elección de un género en que incursionar y una elaboración más deliberada dentro de esos límites.

En cuanto al interés literario, creo que no hay hecho en el mundo que no sea susceptible de tenerlo, si uno encuentra la forma apropiada. Truffaut dijo: “No hay grandes temas, sino grandes tratamientos”. Más modestamente, podría decirse que no hay temas, sino tratamientos.

-¿Con qué autores siente que su libro dialoga?

-De manera más inconsciente o más lúcida, más explícita o más secreta, lo que escribo debería dialogar con todos los autores que he leído; porque en general acepto interpelaciones de todo lo que leo. Pero no creo que ocurra, sería demasiado. El objetivo de máxima sería encontrar una voz propia que sin embargo diera cuenta de que aquí escribieron Borges, Saer, Piglia, José Bianco, Aira y todos los otros. Otra imposibilidad, al menos para mí.

Con Borges pasa que, como me dijo Di Marco hace poco, tenía  mucho oído. Por eso  ha escrito con moldes prosódicos muy seductores, que como además son de fácil traslado a la oralidad, se le pegan mucho a quien lo lee. Y después uno termina volcando sus propias ideas en esas formas aprendidas. Sería mejor que eso no pasara, pero la tos y las influencias son imposibles de disimular.

-Escribe desde hace muchos años: ¿Por qué eligió publicar ahora y con Cartografías?

-Nunca me desesperé por publicar. Sin darme cuenta ejercitaba cierto fatalismo oriental: “Siéntate en la puerta de tu casa, y verás pasar caminando a tu editor”. Y un día pasó. Le di mis escritos a Cartografías, básicamente, porque Alfaguara y Mondadori no mostraron ningún interés (se ríe). Pero también porque me parece un espacio digno, donde voy a estar en buena compañía. Y porque es un emprendimiento generoso, hecho a pulmón, alejado de las candilejas y de lo crasamente comercial, coherente con la idea que tengo de la escritura.