El coeditor de la revista de poesía La Guacha Javier Magistris leyó el siguiente texto durante la presentación de La certeza del daño, la nueva novela de Andrés H. Allegroni, coeditada por Cartografías y la yunta en la Ciudad de Buenos Aires. Aquí compartimos su intervención completa.

Más allá del cariño y la amistad que me unen a Andrés y de mi valoración sobre su obra, quiero compartir con ustedes algunas ideas que me suscitó la lectura de esta nueva novela, La certeza del daño.

Que, por otro lado, es un gran título, incluso antes de adentrarse en su lectura, indagación y análisis. Es un verso en sí mismo, uno que podría contener en sí mismo todo el sentido de un poema y ser, al mismo tiempo, el último verso. Un verso que condensa música, belleza y pensamiento.

Y esto, esta particular percepción de la potencia del lenguaje, es una de las características que hacen de la prosa de Andrés un interesante desafío para nosotros, los lectores. Aclaro que soy de los que leen ávidamente a los narradores que centran su trabajo en la historia —aunque no solo, por supuesto—, al estilo Stephen King, pero hay en Andrés algo del orden de lo poético que intimida al mismo tiempo que atrae.

Javier Magistris, coeditor de la revista de poesía La Guacha

Javier Magistris, coeditor de la revista de poesía La Guacha

Andrés, poeta, narrador y artista plástico, no ha cedido a la tentación de hacerle caso al mercado y se afirma en una voz que pretende hacer del arte de narrar un eje central de la práctica literaria. En una época vulgar y de diatribas, tensa el límite de lo narrativo para que el lenguaje ocupe el centro de la escena, y la sonoridad y la textura se impongan a la historia, la melodía, como Robert Fripp en King Crimson.

Y es que hay una continuidad entre la lírica y la narrativa de Andrés. No solo porque los espacios y personajes son recurrentes —pasillos, túneles, pabellones; Borda, Moyano; los protagonistas de Hospitales Meneghini, Luis Tejera o Molina, aquí víctimas del encierro y la represión—, sino, sobre todo, porque la precisión y la percepción de las voces dan forma a un universo en el que la palabra no es únicamente referencia. Como buen saeriano, Andrés sabe que la lengua es también patria y, por tanto, hace de ella algo a proteger: en la creencia y en el sentido.
En La certeza del daño, este trabajo con el lenguaje cumple, por lo menos —según mi lectura—, dos funciones: una vinculada a la trama; otra, a lo ideológico. El mismo elemento estructural se despliega entonces como soporte y como objeto, íntimamente ligado al destino trágico que la novela nos presenta.

La trama: Luis Tejera ha escapado del hospital psiquiátrico y, en un lejano hotel abandonado, se propone narrar los hechos de abril, según él mismo los llama. Estos hechos consisten en la revuelta, el levantamiento de unos internos frente a la violencia desplegada por la institución y su director, Luis Aguilar, empeñado en descubrir y erradicar el germen de la locura. Para ello no puede hacer otra cosa que desplegar una maquinaria de aniquilación, frente a la cual los pacientes están indefensos, salvo que alguien pueda contar lo sucedido. Y ese es Tejera.

Dice él: “La luz, acá en Berisso, representa el anverso simétrico de la inscripción de las sombras, mis hermanos, en los túneles del hospicio. Mi voz, en la letra tímida de este cuaderno, no será más que una tenue interpretación de nuestra derrota, la de mis hermanos y la mía propia en aquellos dos días de abril”.

O: “Recuerdo que, en el momento en que Aguilar puso en marcha su deseo de terminar con la locura de la faz de la tierra, en ese preciso momento, comenzaron los movimientos extraños en el hospital; y nosotros empezamos a percibir raros comportamientos de los psiquiatras y de todos aquellos que los secundaban; de a poco, muy de a poco, comenzamos a tomar conciencia de la desaparición de los cuerpos”.

La trama: el monólogo lúcido de Tejera, convertido en escritura, es, en esencia, un relato aproximado de un hecho que no termina de concretarse porque nace muerto. Es el relato de una derrota que se construye —finalmente— como una victoria, tal vez inútil. Hay disputa sobre la verdad de lo ocurrido, conflicto de interpretaciones sobre los hechos, violencia bárbara sobre los cuerpos, todo en la superficie texturada de la voz de Tejera. Reivindicación de un estado de inocencia en la mirada que los psiquiatras ven como locura. Destrucción del orden inicuo de la realidad por la mirada estrábica del deseo o la pasión. En este sentido, Tejera es una figura análoga al Walsh de Operación Masacre: escondido en un lugar lejano, escapa de una persecución para narrar una matanza. Esto es amor por la literatura, dicho sea de paso. Como sucede en la narrativa de Andrés, Erminda, por ejemplo, los géneros fluyen.

En esta línea de lectura, La certeza del daño es ficción política, non fiction, periodismo de investigación, porque el centro de este relato es narrar el poder, es contar cómo el convencionalismo del lenguaje racional impone una lógica capaz de aceptar como necesario un modo de ver el mundo que niegue la diferencia: esto es, el otro. Acá se aplica a la locura y a los locos, pero bien podría aplicarse a otras realidades sociales convertidas en ideologema; incluso, permítanme que lo diga, aunque ni por casualidad es un elemento de la novela: el peronismo.

Escribe Tejera: “Resulta difícil para los psiquiatras entender la locura —me lo digo por lo bajo y me contesto en la escritura—, porque la única posibilidad de entenderla sería mediante una rara alquimia que ellos esquivan: comprender la santidad de la palabra poética, único refugio ante tanta locura del sentido común; el horror expuesto”.

O: “Pero lo que me resultaba intolerable es haber presenciado, infinidad de veces, la escena hipócrita de tantos y tantos socios de Aguilar, aquellos cómplices psiquiatras, los jefes supremos de los cuerpos de mis hermanos, que, cuando se encontraban con algún paciente en los largos pasillos del psiquiátrico, se acercaban con gesto amable, casi diría condescendiente, y hablaban con ellos, y lo hacían con una gestualidad que denotaba afecto, cordialidad; los veía convidar cigarrillos del afuera del hospital, los que todos los dementes siempre queremos fumar; cualquiera que hubiera visto la escena caería en la trampa de creerse que todo lo hacían por cierto interés para con el otro, pobres sufrientes, piedad falsa; mientras actuaban de buenas personas, luego del mediodía se transformaban y seguían con los experimentos, con la intención, según ellos, de encontrar el germen maligno de la locura”.

Javier Magistris en la presentación del libro de Allegroni.

Javier Magistris en la presentación del libro de Allegroni.

La escritura, entonces, no es resistir: es un acto de demolición de la racionalidad oscura del poder, de su daño certero y eficaz. Pero no daño sobre la palabra y la lucidez del que escribe, claro, que tiene frente a sí la página en blanco y el revés de las palabras: aquello que el lenguaje esconde para que sea develado por la verdad que se diga o pueda decirse. La escritura como aparato de destrucción del sentido común de los poderosos. Por eso, más allá del fracaso de los hechos, el narrador es consciente de la victoria del relato.

“Intento dar sentido desde la palabra; me esfuerzo por representar el sentido desde la escritura; una ilusión; intento pensar que no es un esfuerzo inútil”.

Lo ideológico: la rebelión, la denuncia de la matanza de los días de abril, la estructuración de un discurso al margen de la sabiduría técnica de los bárbaros psiquiatras surge en el seno de las instituciones donde se moldea la experiencia de la realidad desde la versión racional de los acontecimientos. La implosión del sentido viene del propio sinsentido de una idea de racionalidad pura e inhumana que no duda en sacrificar la virtud y la ética profesional para obtener fines, como mínimo, dudosos.

Entonces, el texto ofrece otra faceta de Tejera: ahí es la continuidad de Jacobo Fijman. Su intérprete, o, mejor dicho, el albacea de un testamento hecho obra poética. Así, en esta línea, La certeza del daño es ficción crítica, teoría poética o poesía pura, que de esto sabe también Andrés. Esto también es amor por la literatura.

Acá asoma un filón bien arriesgado del libro: la vinculación entre poesía y locura. Que juega sobre muchos supuestos: la santidad y la inocencia (del lenguaje) de los locos, su falta de cálculo y especulación, su arriesgarse al vacío, su fractura del sentido común, la pureza en la mirada. Y, enarcada sobre el noble santo Jacobo Fijman, el poeta del hospicio, apuesta a la identificación (casi total) de ambos arquetipos. Recordé y encontré esta entrada en uno de los diarios de Alejandra Pizarnik:

“He pensado en la locura. He llorado rogando al cielo que me permitan enloquecer. No salir nunca de los ensueños. Esta es mi imagen del paraíso. Por lo demás, no escribo casi nada.

Hay, sin embargo, un anhelo de equilibrio. Un anhelo de hacer algo con mi soledad. Una soledad orgullosa, industriosa y fuerte. Es decir: estudiar, escribir y distraerme. Todo esto sola. Indiferente a todo y a todos.”

En La certeza del daño, la identificación funciona en términos de sostener la épica de una mirada del mundo que resguarde —generalizo— lo humano frente a todo lo que no lo es. Aquí, el poeta y el loco son dos en uno: Tejera demuestra que la poesía necesita ser dicha fuera del centro de la locura; gana lucidez con la distancia del espacio donde domina la racionalidad técnica del poder, que es la misma que la del mal: la que arrasa, destruye, tortura y aniquila.

Cierro: ¿qué pasaría si La certeza del daño, si todo el relato, fuera producto de la imaginación paranoica de un interno y no hubiera desapariciones, tortura, levantamiento, represión, muerte y fuga? Quedaría, en ese caso, el testimonio del valor del lenguaje (ritmo, tono, silencio) como espacio de defensa frente a la realidad dura y cruel que deshumaniza, y la belleza como su estrategia para evitar que esa crueldad toque, o roce siquiera, el punto central donde vibra, ya no solo para cantar y contar, la identidad del ser.

Andrés ha compuesto otra gran obra. Con ella desafía su propia trayectoria y delinea una posteridad de futuros textos de la que ninguno de sus lectores —pero, sobre todo, la realidad— podrá salir indemne.

Por Javier Magistris