Un mundo que destella en medio del desastre. Acerca de Tierra de diatomeas, de Marcelo Fagiano. Colectivo Glauce Baldovin. Colección Guadal. Río Cuarto. 2026.

Por José Di Marco

1.

A fines del siglo pasado, cuando visitaba a Marcelo Fagiano en su cubículo, un reducto minúsculo, ubicado en el ancestral pabellón de Geología de nuestra universidad, no podía no mirar aquel poema de Nicanor Parra y, de un vistazo, releerlo, cada vez, como si fuera un telegrama que acarreaba una esperanza amarga; tipografiado en un rectángulo de papel, estaba adherido a la pared desnuda, construida con ladrillos block:

Buenas noticias:

la tierra se recupera en un millón de años

somos nosotros los que desaparecemos.

Más tarde me enteré, sin premeditación, casi por accidente, que ese texto, seco y profético, escueto e irónico, formaba parte de los Ecopoemas del padre chileno de la antipoesía, un volumen que se publicó en 1982. Hoy entiendo que esos poemas anticipaban el espíritu combativo de las ecoescrituras actuales, prácticas artísticas para las cuales el cuidado del planeta y de la biodiversidad que lo habita constituye una política preponderante cuando el colapso climático se ha vuelto más que una amenaza irrecusable.

Tierra de diatomeas, el reciente poemario de Marcelo Fagiano, está encabezado por este acápite, otro ecopoema de Parra, tan epigramático y contundente como aquel:

El error consistió

en creer que la tierra era nuestra

cuando la verdad de las cosas

es que nosotros somos la tierra.

Al incluirse en esa tradición, enlace virtuoso de antipoesía y ecología militante, los poemas de este libro asumen abiertamente su condición política que implica, asimismo, el acogimiento y la apropiación de una memoria familiar, conforme lo expresa su dedicatoria: “Abuela Antinisca / Abuelo Emilio / Mamá Chochi / Viven en la sangre / y en los actos cotidianos como radiantes presencias”.

Presentación de Tierra de Diatomeas (de Marcelo Fagiano, poeta), y Julia Bugiolocchi (artista plástica).

Presentación de Tierra de diatomeas (de Marcelo Fagiano, poeta), y Julia Bugiolocchi (artista plástica).

2.

¿Qué se escribe –qué puede escribirse- con lo que está inscrito en la sangre, con lo que se hereda biológicamente, con lo que persiste nítido y luminoso a expensas de la extinción que acarrea el decurso irrevocable del tiempo? No se trata de un mandato sino, más bien, de una posibilidad creativa. Lo que la memoria induce a escribir en versos es una reconstrucción sensible (siempre imaginaria, en absoluto documental) de los orígenes, de la infancia y de la pertenencia a un linaje. Así, ciertos poemas (“Dulces estrellas”, “Quinta de los abuelos”, y “Edades”) traman una especie de novela familiar anti-freudiana, en la que la reminiscencia de los ancestros se impone a la proyección fantasiosa para urdir un tejido de parentescos intensamente afectivo que, asimismo, se instaura como un enclave de enunciación.

Porque se escribe desde ahí, a partir del vínculo amoroso con los ausentes quienes, a pesar de su desaparición, son, continúan siendo, “radiantes presencias”, estrellas extintas que iluminan aún y cuya aura nimba al acto mismo de escritura que se vuelve celebración y agradecimiento de un legado fecundo.

3.

En la presentación de Tierra de diatomeas, dialogando con Melisa Gnesutta y Federico Alonso (sus editores) y con la artista visual Julia Bugiolocchi (responsable del delicadísimo arte de tapa), Marcelo hizo referencia al título: un polvo natural y ecológico compuesto por restos microscópicos de algas fosilizadas que se emplea como fertilizante orgánico para el suelo. El poema que da título al libro consiste en una retahíla de preguntas apremiadas que tejen el llamado urgente a una toma de conciencia: “¿Habrá que encapsular/ en la silícea memoria de las diatomeas/ el susurro inaugural de todos los poemas?”. La analogía entre la escritura de poemas y el cultivo de la tierra no sólo constituye una de las líneas de sentido que recorre y articula el libro, la que descuella en “Cultivos”, sino que caracteriza, a la vez, una poética.

Sin desoír los apremios ni las vicisitudes de una época en la que la crueldad implanta su goce indolente, escribir se torna una artesanía cuidadosa, fértil y expectante: una apuesta a favor de lo que vendrá, de lo que habrá de nacer una vez que las semillas (las palabras), sembradas (dispuestas) en el surco de los versos, germinen y devengan brotes, flores, frutos, plantas, árboles. Poemas.

Hay un sentido orgánico, vegetal, de la creación literaria y de la escritura de poesía que se manifiesta, abiertamente, en “Cosechas”, un poema amatorio que celebra el renacimiento constante del misterio, y que, además, coexiste, no sin tensiones, con otros en los que prevalece un tono elegíaco que se acrecienta cuando el tema es la muerte ajena (“Silencios” y “Despedidas”).

Julia Bugiolocchi , artista plástica

Julia Bugiolocchi, artista plástica

4.

En “Restos”, la lectura de poesía consiste en el asunto principal; el poema se organiza mediante una analogía: lo que el perro de la casa hace con un hueso se asimila a lo que el poeta (en el rol de lector) hace con los sonidos y las frases, las metáforas y las imágenes del poema. Las mastica, las saborea, las relame. Lee con la esperanza de saciarse. Pero el goce de la lectura equivale a quedarse, ineludiblemente, con hambre porque el sentido es un resto fugitivo, indómito.

En “Un techo para los sueños”, descuella la impronta social; el poema narra, en primera persona, con un alto voltaje metafórico, la llegada de un foráneo a “las entrañas de la gran ciudad” quien registra, como si de un orden natural se tratara, el imperio cotidiano de la indiferencia y el individualismo, síntomas inequívocos de la anomia: “Duermen palomas en las plazas/ al tiempo que suspiran cuerpos helados/ en la mullida intemperie del despojo”.

En “El último poema”, el texto que cierra el volumen, entre paréntesis, se deslizan estos versos: “(Qué fácil es inventar respuestas/ qué difícil continúa siendo/ formular la mejor de las preguntas)”. Acaso, la tarea primordial del poeta (y del poema) no sea otra que la de interrogar(se) por lo que en lo dicho permanece implícito, callado, inexpresable; enunciar preguntas que confirman el enigma tácito de la vida, el mundo y el lenguaje.

5.

Marcelo hace de aquel poema remoto, en el que Parra, confirmando la desaparición de la especie humana, anticipaba la pervivencia del planeta, un legado fértil. Escribir semeja a sembrar. Una vez que las semillas (las palabras) crezcan darán nacimiento, en este mundo, a otro: lúcido y a la vez hospitalario, alternativo y también continuo. Un mundo amable que destella en medio de la catástrofe y el desamparo, que invita con perspicacia a la esperanza, que trae consigo noticias venturosas de un futuro tan deseado como incierto.

Por José Di Marco