Una posibilidad de unir lo fragmentado, por María Paulinelli
Una reseña del libro “La suma incendia”, de Pablo Carrizo y Sergio Cuenca.
El otoño roza el invierno. El mundo natural sigue existiendo. El sucederse de los ciclos, la permanencia de sus dones, el envolvente misterio que lo anima.
Nosotros, los humanos, mientras tanto, arremetemos contra todo, desgajamos la esperanza en el mañana, desconocemos y obviamos al otro en su existencia, destruimos y negamos las instituciones que alguna vez creamos para una sana convivencia, bastardeamos las significaciones que supimos encontrar en el tiempo de la Historia.
Pero ahí, en medio de esa oscuridad, también están quienes aún sueñan. Están quienes aún crean. Están quienes aún cantan para amenguar la tristeza.
Y es, entonces, que sucede lo que parecía imposible. Una maravilla distinta. En esta Córdoba aparece una posibilidad de unir lo fragmentado, de lograr lo indivisible que hemos perdido.

María Paulinelli, profesora Emérita de la Universidad Nacional de Córdoba.
Pablo Carrizo dice “La suma incendia”. Sergio Cuenca dibuja ese incendio una y otra vez. Cecilia Afonso Estéves crea un diseño que abre.
Y nosotros somos invitados a este encuentro, a poner el mantel y repartir las barajas que regalan un poema. Un poema que nos da subsistencia, porque todo se entrega y nos hace un nosotros.
Y entonces, miro embelesada el diseño, su envoltorio, la pertinencia del azar en las barajas. Y entonces, resulta que soy única, en esa mirada que me exige, en esa lectura que propone, en ese regalo que recibo y se entrega a todos los lectores.
La tapa es muy simple. Atisba el incendio que es suma de imágenes y palabras que se dicen.
La contratapa es la otra entrada que Eugenia Almeida nos regala. Nos incita a la comprensión poética del texto que nos convierte, nos transforma. “La suma incendia es una entrega. El gesto de soltar lo propio para volverlo común”. Nos propone ser nosotros. Ya no, otros.
Dos colores se alternan en las hojas. Un azul muy claro con un blanco amarillento. Hojas lisas. Otras hojas dibujadas y enunciadas. Los espacios condicionan el recorrido, lento, lento, muy profundo. No hay numeración que condicione. Entramos y salimos con total libertad y autonomía.
Un epígrafe de Leopoldo Castilla abre el texto. Enuncia la simpleza de las cosas y la posibilidad de mirarlas y tenerlas: “Una copa una mesa/ un animal/ se ven/ porque una fuerza se ha emocionado”. Es la apertura que explica y que permite.
Imagen y palabra hacen los fragmentos del texto.
¿Qué significan los atisbos de las cosas que Sergio esboza en sus imágenes? Una y otra vez encuentro respuestas diferentes. Me condicionan las primeras significaciones que suscitan y al mismo tiempo, me subyuga la posibilidad del cambio que me ofrecen.
Cada mirada me resulta única, exclusiva. La suma es todo eso. Sergio que dibuja y acompaña.
Pero también están las palabras. El título me habla de un incendio. El fuego es la fuerza que transforma, la luminosidad que se reitera de mil formas y desalienta lo bastardo, lo inútil, lo gastado. También, me habla de la suma. Imágenes, palabras, los lectores apropiándose del texto.
Dos partes estructuran ese incendio.El aire escucha. El agua enseña.
Dos partes que Pablo enuncia alrededor de dos elementos imprescindibles en la existencia. El aire. El agua. No habría vida sin tenerlos.
El aire escucha. Convierte en compañía que comparte. No es el otro que oye los sonidos. Es el nosotros, que, también, dice al escucharlo. Posibilita que Pablo nos incluya en esa suma. Oír como la respuesta a lo que se nombra y que interpela.
El agua enseña. Me pregunto: ¿Habrá otra relación más humana que el enseñar, y el aprender del otro lado? Ambos— el agua, el aire— como posibilidad de potenciar lo humano que contienen las palabras.
Y el texto así enunciado, se compone de fragmentos. De palabra. Palabras. Sintagmas. Instantes fugacísimos. Todos en el uso de metáforas o enumerando en la apropiación que necesitan los lectores.
Pablo dice. Lo murmura. Lo susurra.
Sergio dibuja. Lo bosqueja. Lo perfila.

Tapa del libro de Pablo Carrizo y Sergio Cuenca.
Y nosotros, invitados a esa fiesta —subsistencia— comprendemos que la poesía se define como sustento material de la vida que tenemos.
Recorro los fragmentos enunciados. Me siento interpelada.
“Y si escuchas/ es decir/ si eres lo que completa un temblor/ por favor, muéveme/ como nos mueve el viento/ cuando se detiene” .
Metaforiza. “Cuando cantas/ te vas mejor/ respiras sin idioma/ das puerta”.
La significación del canto se reitera una y otra vez. “Alguien que canta / incendia el aire”.
“Quien oye, anticipa. Fabrica viento”. “Cuando cantas/ hay dos ejes./ entonces/ el ave cansa al viento”.
El aire también enseña. Magnifica el sentido del agua. Nuevamente metáforas que suspenden la comprensión inmediata. “Beso imprecisión de arroyo./ Beber allí sutura/ Uña de alma la boca, beso pule”.
Y la referencia al acto de escritura. “Y con eso pregunto/ o sea escribo/ Para presenciar un benteveo/ hace falta/ callar”. ”Sostener el ritmo / donde respira/ el pez de tu alfabeto”.
La lluvia como significado de existencia en un fragmento, donde el diseño de las letras completan el sentido que tiene el enunciado. “¿Qué llueve?/ Tiempo”.
Y así, sigo y sigo.
De pronto me detengo y me digo: es un fragmento. Solo eso. Pero significa la totalidad que se vislumbra. “Lo que no sé, pero hago/ es lo que me reparte entre nosotros”.
Les invito a encontrarse en esta suma. En la profunda maravilla que es un texto ávido de la totalidad que hemos perdido, pero que aún podemos vislumbrar. Les invito a unir, como lo hace este libro. A transformar los fragmentos, y entre todos, unirlos.
Por María Paulinelli
Profesora Emérita de la Universidad Nacional de Córdoba. Nació en Deán Funes. Ejerció la docencia durante más de 40 años. Se desempeñó en las áreas de Literatura Argentina, Movimientos Estéticos, Cultura y Comunicación. Escribe ensayos y artículos de crítica literaria. Ha publicado Relato y Memoria además de capítulos de libros y artículos sobre Comunicación y Cultura. Ha compilado varios textos sobre cine argentino.