En una nueva entrega del Boletín mensual de Editorial Cartografías compartimos «Convertir las palabras en silencio», el texto que escribió José Di Marco sobre El rojo kimono de Miharu y otros poemas, de Leandro Calle (Gráfica Solsona SRL, Córdoba, 2025). A partir de una lectura atenta y profunda, Di Marco recorre los principales núcleos de la obra: el diálogo entre palabra y silencio, el erotismo, la memoria, lo político y la dimensión mística que atraviesan la poesía de Calle. Una invitación a descubrir un libro donde el lenguaje explora sus propios límites y encuentra, justamente en el silencio, una de sus formas más intensas de expresión.

Convertir las palabras en silencio. Acerca de El rojo kimono de Miharu y otros poemas, de Leandro Calle. Gráfica Solsona SRL. Córdoba. 2025

Leandro Calle, poesía

El rojo kimono de Miharu y otros poemas, de Leandro Calle.

1.

Northrop Frye caracterizaba a la poesía como un discurso centrípeto que, priorizando la concatenación interna de los signos, invierte la función referencial del lenguaje. En esa estela, Paul Ricoeur argumentaba que por esa fuerza centrípeta el poema articula y expresa un mood, un sentimiento. Ese estado de ánimo no es una emoción rauda que afecta, circunstancialmente, al yo poético; más bien configura una postura ante el mundo y la vida; conforma una manera de ser y estar entre las cosas, consolidada y constante. Los poemas que reúne El rojo kimono de Miharu y otros poemas muestran una disposición anímica abierta, amplia y flexible, en la que se aúnan entonaciones y temáticas diversas, las que recorren la extensa y continuada producción poética de Leandro Calle: una obra que, a lo largo de un cuarto de siglo, se despliega en una decena de libros.

2.

Cuando en los poemas de Calle (los que integran esta antología personal), las palabras se convocan y agrupan componen un estado de ánimo en los que la intimidad y lo social, lo erótico y lo místico, la memoria y el deseo, la política y la reflexión se conjugan sin solución de continuidad. Tal disposición anímica y tales temáticas se plasman en configuraciones tan disímiles como eficaces.

3.

Por ejemplo, si se atiende al esquema métrico, sobresalen ciertos poemas en los que mediante versos encabalgados se impone la narración evocativa y frondosa. En “Primer canto a Agua Fuerte”, la evocación reminiscente se torna un torrente vertiginoso que acumula imágenes sensuales; en “El perro”, la inflexión elegíaca del inicio desemboca en un acto de habla imperativo, como si el trabajo de duelo (la fuerza regresiva del pasado) consistiera en el preámbulo de una llamada a la acción (la fuerza intempestiva del presente); en “La vaca”, la rememoración de un hecho puntual se trama en base a calambures que atenúan el carácter trágico de la anécdota recordada, como si la inscripción de ese hecho consistiera en una excusa para la que el discurso poético se consuma liberándose al juego de la asociación casi lúdica entre significantes. Poemas extensos que cuentan historias, que encadenan recuerdos, que capturan experiencias escandidas por un ritmo que transforma los hechos y los datos en imágenes deslumbrantes, en juegos sonoros, en analogías extraordinarias.

4.

Así como los versos se expanden y desorbitan en hipérboles, también se contraen y condensan en epigramas contundentes, en aforismos drásticos: “Piedras en el alma/ para moler a dios” (“Piedras”), “Un sexo levanta el párpado de la noche/ y lo lleva hasta el delirio./ La eternidad lame el borde de la esquina” (“Jazz Saint-Germain”). En lo que se sustrae, en lo que no se dice, en lo que se muestra de un modo alusivo, radica la significación de estos poemas, concisos y sólidos, que invocan al silencio.

5.

En el poema “Donde tu agua se hace mar”, el erotismo ferviente, el éxtasis del deseo, culmina en una afirmación anticipatoria y a la vez paradójica: “Voy a beber en la fuente, es necesario hablar/ convertir las palabras en silencio”. Al nexo entre lenguaje y silencio Wittgenstein lo denomina lo místico, lo que se muestra a sí mismo, lo inefable. Ese vínculo estrecho constituye, en la poesía de Calle, no sólo una mancha temática pertinaz sino la condición de posibilidad de la escritura. Dos de sus libros, entonces (2010) y Blasfemo (2013), exploran esa condición en un sentido contrario: Dios es una ausencia que se reclama y espera, y así la poesía deviene una expectación inagotable, una perplejidad en el tiempo, un mientras tanto constante (entonces); Dios es una ausencia plena, y así la poesía se torna imprecación y repulsa (Blasfemo). De esto último da cuenta “Exilio”: “No existe el exilio/ el exilio soy yo/ yéndome siempre de donde no he salido”. De la falta irrevocable de Dios deriva una experiencia lapidaria y, más aún, una marca de identidad ambivalente, penosa: se huye y se permanece, se deserta y se persiste. Una suerte de contradicción que lleva a que el lenguaje se retraiga, se ensimisme, confronte sus límites, raspe los bordes de lo inexpresable, acabe internándose en el silencio.

6.

Lo político consiste en otro de los motivos recurrentes en la producción poética del autor. De hecho, prevalece en país (2018), cuyo título evoca a Juan Gelman, una de las voces con la que Calle dialoga cautelosamente. En varios poemas de El rojo Kimono de Mihauru, lo político se manifiesta con entonaciones y formas dispares. Está en “Voy a plantar un árbol”, “El hijo”, “Ellos castran la palabra”, “Laura Nelson”, “Federico en Nueva York”. No obstante, en “Atado al fondo” la palabra exhibe su carácter brutal: un perro rabioso, agresivo. En este país (el nuestro, Argentina), el poema (impetuoso) no puede no ladrar y, entonces, no tiene otra opción que volverse memoria, documento de la barbarie, testigo de la violencia irredimible. El poema trabaja contra el avance ruinoso del olvido para impugnarlo, para desdecirlo.

7.

“El rojo kimono de Miharu” se titula el texto que da nombre al libro en su conjunto y que, también, lo cierra. Es un relato calmo, pausado, elegíaco. Su prosa tersa y morosa evoca la historia de un amor impedido mediante un registro autobiográfico. Una auto-ficción microscópica, emotiva y plácida que apacigua la intensidad que atraviesa todo el poemario. Como si al ímpetu de los ladridos (y a la reticencia de los silencios que los acompañan), se añadiera este momento de sosiego para que la poesía de Calle vuelva a ensordecernos, a cautivarnos, a sacudirnos, acaso más adelante, en un próximo libro, con su decir robusto y callado.

Por José Di Marco