En una nueva publicación de Editorial Cartografías, Pablo Dema reseña Malvinas’ Memories, de Christian Ferrer (Ed. TRE – Teatrito Rioplatense de Entidades, La Plata, 2024). A partir de una lectura que combina análisis histórico, político y literario, Dema explora un libro que se aparta de los relatos épicos para recuperar las experiencias cotidianas, los lenguajes, los gestos y las huellas que dejó la Guerra de Malvinas. Una invitación a volver sobre un episodio decisivo de la historia argentina desde una perspectiva crítica, sensible y profundamente humana.
Malvinas’ Memories, de Christian Ferrer, Ed. TRE (Teatrito rioplatense de entidades), La Plata, 2024.
Un lector argentino o latinoamericano que ronde temas de ciencias sociales, política, sociología, filosofía e historia de la técnica o literatura, tarde o temprano acabará tropezando con algún texto de Christian Ferrer. La solapa de sus libros o los portales que alojan su trabajo suelen ordenar su trayectoria más o menos así: Sociólogo y ensayista, profesor de filosofía de la técnica y pensamiento contemporáneo en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Estudió la Carrera de Sociología y se graduó con una tesis de doctorado sobre la obra del escritor Ezequiel Martínez Estrada. Es investigador del Instituto Gino Germani, de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Fue integrante de los grupos editores de las revistas libertarias Utopía, El Periódico de Anarres y La Letra A, y de las revistas culturales Fahrenheit 450; Babel; La Caja; y El Ojo Mocho. Actualmente es miembro del grupo editor de la revista Artefacto. Pensamientos sobre la Técnica. Fue director de Sociedad, revista de la Facultad de Ciencias Sociales. Entre sus libros publicados se cuentan: Mal de ojo (1996); Cabezas de tormenta (2004); El sufrimiento sin sentido y la tecnología (2006); Barón Biza. El inmoralista (2007 y 2014); La mala suerte de los animales (2009); El entramado (2012); Camafeos (2013); La amargura metódica (2014); y Los destructores de máquinas y otros ensayos (2015); El corazón empurpurado. Epistolario e historia (2017); El pozo de los vestigios y otros ensayos a contracorriente (2020). También ha publicado, como compilador, El lenguaje libertario. Antología del pensamiento anarquista contemporáneo (1991, 2006, 2014, 2020); Prosa plebeya. Ensayos de Néstor Perlongher (1997, 2013, 2021); Lírica social amarga (2003); Correspondencia: Victoria Ocampo y Ezequiel Martínez Estrada (2013) y Folletos anarquistas en Buenos Aires (2015). A esta lista, que figura en la Revista Anfibia, le faltan al menos dos títulos, El cielo fuera de quicio. Librecambio y proteccionismo (Sudamericana, 2025) y Malvinas` memories, motivo de esta reseña.

Malvinas’ Memories, un libro de Christian Ferrer
En mi caso, el primer encuentro con un texto de Ferrer se dio durante la lectura de la interminable serie de cartas públicas en respuesta a la inicial de Oscar Del Barco publicada con el título “No matarás”, aparecida en el nº 17 de la revista La intemperie, en Córdoba, 2004. Como se recordará, la carta de Del Barco es un acto de contrición público por haber apoyado la actividad de grupos de izquierda que implicó el asesinato de militantes a manos de sus propios compañeros por considerarlos débiles o timoratos. Al leer algunas de las réplicas de intelectuales que justificaban los crímenes por razones históricas e imperativos de la época y se dirigían a Del Barco en términos agresivos e insultantes, pensé que esos antiguos “revolucionarios” (hoy profesores, funcionarios o psicoanalistas) hubieran pasado a cuchillo sin dudarlo a mucha gente (del bando contrario y también del propio) en caso de haber llegado al poder. Y eso es lo que decía, palabras más, palabras menos, la intervención de Ferrer en esa disputa. Luego, al ir leyendo algunos de sus otros textos, me di cuenta de que su carta encierra el núcleo de un pensamiento anarco-libertario (en la acepción clásica del término), el cual, entre otros valores, como el mismo Ferrer dice, pone el “énfasis en la correlación moral entre medios y fines” y es escéptico “en cuanto a los privilegios que se arrogan para sí el partido de vanguardia y el Estado en los procesos revolucionarios” (cfr. su Prefacio a la Antología del pensamiento anarquista contemporáneo).
Estos valores e ideas dan el tono de su Malvinas’ memories, texto dedicado a un primo de Ferrer, conscripto de la clase 1962 destinado a Malvinas. Desde ya, el texto es antidictatorial y antibélico, pero expresa estas posiciones recuperando la vida cotidiana en los meses de abril a junio de 1982. Efectivamente, lo primero que cuenta Ferrer es el llamado telefónico de su padre para avisarle: “Tomamos las Malvinas”. Estupor en el joven Ferrer por la noticia y luego extrañeza por el clima de algarabía reinante en los días siguientes. Fervor patriótico, alta autoestima nacional, anglofobia repentina (la imagen de Maradona con una remera con la bandera inglesa en el escenario de los Queen, vivados por la multitud pocos meses antes, se evaporó de la memoria colectiva) y extinción inmediata de las acciones políticas contra el gobierno de Galtieri.
Efectivamente, un par de días antes, el 30 de marzo, había habido una marcha contra el gobierno organizada por sindicalistas y organizaciones de derechos humanos, con represión y detenidos. Pero “en pocos días más- cuenta Ferrer- esa barahúnda -gritos, sangre, arrestos- quedaría atrás, entre bambalinas, y comenzaría a reinar el teatro del absurdo, si es que no del grotesco, puesto que los mismos sobre quienes cayeron palazos se pondrían a lanzar vivas a sus golpeadores en plena Plaza de Mayo” (p. 11). En ese marco, Ferrer cuenta detalles y vivencias en breves secciones: una sobre las estampillas acerca de Malvinas (las nuestras y las de los ingleses), las campañas de apoyo a la guerra, las solicitadas, los programas ómnibus televisivos para recaudar fondos, las comitivas que viajaron a las islas, los posicionamientos de los partidos políticos (radicalismo, izquierda y Montoneros, todos igualados por un optimismo desaforado) y, en fin, la extraordinaria operación política y cortina de humo que fue el desembarco en las islas y los subsiguientes setenta días.
La escritura de Ferrer se caracteriza siempre por la precisión con respecto a los datos (el oficio del sociólogo) y por la atención a detalles que son representativos de dinámicas sociales, cuestiones ideológicas y temperamentos de distintos actores sociales. Por ejemplo, Ferrer cuenta que los testigos de Jehová, por razones religiosas, no pueden portar armas. Convocados por el gobierno, acudieron mansamente al llamado pero se negaron a empuñar las armas, por lo cual marcharon presos, en algunos casos durante ¡siete años! Otro pasaje especialmente lúcido es el referido al lenguaje de la época usado por los jóvenes: “se decía «mató», y aún más, «mató mil». Las exclamaciones «no existe» y «no existís» ya tenían difusión. Quienes padecían el agobio cotidiano decían de sí mismos «estoy fusilado», y en caso de caer las presiones sobre un tercero se decía que había estallado” (p.16). Otros términos usados eran “quebrado”, una chica linda era una “bomba”, un afeminado un “balín”, un baile en una casa un “asalto”, una negativa se expresaba con la expresión “le corté el rostro”. Este lenguaje coloquial, observa Ferrer, no era sentido como anómalo o violento, pero estaba impregnado de “un medio ambiente de crímenes, erradicaciones y martirios” que venían de la década del `70, persistían y, en algunos casos persisten.
Otro detalle no muy conocido sobre la Guerra de Malvinas fue el tratamiento de los animales utilizados por el ejército, tema sobre el que Ferrer se ocupó extensamente en su libro La mala suerte de los animales. Vale la pena cerrar este comentario con un pasaje sobre el papel jugaron los perros, el cual funciona como un ilustrativo apólogo sobre la guerra y la catadura moral de los comandantes argentinos:
“En cada barraca se les entregaba a los soldados un perro a modo de mascota. Los chicos, alejados de sus familias y de sus propios animales domésticos, se encariñaban, claro está, pero esta convivencia se prolongaba tan sólo por un par de meses. Un día aparecía el cabo o el sargento correspondiente con el perro firmemente aferrado por el cuello, se llamaba a los conscriptos a formar una media ronda alrededor de la escena y entonces el militar a cargo sacaba un cuchillo afilado y abría el perro desde el cuello hasta la panza, dejando caer en el piso el cuerpo del animal agónico y aún ululante. Entonces se daba la orden a los conscriptos para que, en fila india primero y cuerpo a tierra después, fueran reptando hacia donde estaban los restos del perro abierto en canal y lo sobrepasaran, ensuciándose de sangre y vísceras y padeciendo los vituperios de la oficialidad en caso de que vomitaran o derramaran lágrimas. Estos perros desguazados jamás llegaron hasta las Malvinas, y en cuanto a los miles y miles de conscriptos o colimbas de la clase 1962 que ya habían cumplido la instrucción completa de un año y que reemplazarían a eventuales caídos en la guerra contra los ingleses, ni siquiera los dejaron volver a casa una vez cumplido el plazo legal. Debieron esperar meses y meses en las barracas porque así lo decidió por entonces la perrera del Estado, encargada del sacrificio de los animales humanos” (p.48).
“Nada impide hablar de estas cosas -dice Ferrer-, pero en caso de no mencionarlas es como si nunca hubieran ocurrido”. De ahí la necesidad de revisar estas estas vívidas memorias de Malvinas.
Por Pablo Dema