A 20 años de la creación de Recovecos, la editorial vuelve a encontrarse con una figura fundamental de su historia: el poeta, editor y periodista cultural Alejandro Schmidt, que murió en 2021. Junto con Editorial Cartografías, presenta Alejandro Schmidt, Poesía reunida (2006-2026), un volumen de 810 páginas que recupera dieciséis de sus libros.
Sobre el origen de esta edición conjunta, el vínculo que ambas editoriales construyeron con Schmidt y la vigencia de una obra que sigue encontrando nuevos lectores, conversamos con Carlos Máximo Ferreyra, editor de Recovecos, y con José Di Marco y Pablo Dema, directores de Cartografías, cuya editorial tiene 22 años de vida.
—¿Por qué sintieron que este era el momento de volver a publicar a Alejandro Schmidt y reunir parte de su obra en un mismo volumen?
Carlos Máximo Ferreyra: Hace unos meses les escribí a Pablo y a José y les dije que tenía esta idea, pensando también en el aniversario de Recovecos. Como creo que ninguna de las dos editoriales había reeditado sus libros después de la muerte de Alejandro, nos pareció oportuna esta fecha.
Empezamos a pensar en un libro que integrara todos esos títulos que habíamos editado nosotros. Y la verdad es que, como cada cosa que hemos hecho en conjunto, surgió naturalmente.
Yo no lo pienso tanto como el cierre de un círculo. Siempre veo más llaves que puertas que se cierran, ¿viste? Entonces, este libro lo veo como, como hubiese dicho él, una lámpara al futuro.
Los libreros nos estaban pidiendo muchas veces algunos de sus libros y yo creo que hay muchos lectores que también lo van a descubrir. Es una oportunidad para volver a poner en circulación su poesía y esos libros que escribió en momentos particulares, con una voz y una autoridad para decir determinadas cosas que, a lo mejor, en otros poetas y otras voces no se leerían de la misma manera.
Por ejemplo, nosotros publicamos un libro que se llama Videla. Volver sobre esos temas y sobre ciertas publicaciones de él me parece una forma de traerlo nuevamente. Mientras lo recordemos, va a seguir vivo.
José Di Marco: A mi criterio, y respondo como lo haría un editor, este es el momento de reunir una obra que está desperdigada en casi medio centenar de libros, publicados en diferentes sellos editoriales y a lo largo de más de cuarenta años. Varias de aquellas editoriales ya no existen y muchos de esos libros no se han reeditado.
Esta edición conjunta es un primer paso, un aporte inicial, porque la obra de Alejandro es evidentemente extensa e incluso monumental. Reunir una parte de ella, dieciséis títulos, implica reconocer su valor artístico y estético, otorgarle una visibilidad más que merecida, “archivarla” y constituir, por ejemplo, un corpus disponible para el estudio y la investigación. Pero, sobre todo, me parece importante acercarla a las y los lectores jóvenes de poesía.

Cada poema, de Alejandro Schmidt
—¿Qué significa que esta edición sea un proyecto conjunto entre Cartografías y Recovecos? ¿Qué aporta que sean dos editoriales del interior las que se unan para recuperar su obra?
José Di Marco: Los libros de Alejandro se publicaron, centralmente, en pequeñas editoriales independientes de Córdoba. Este proyecto no hace otra cosa que recuperar y reafirmar ese espacio originario de enunciación. Hasta ahora, al menos, ninguna editorial de Buenos Aires se ha mostrado interesada en reunir su obra.
Carlos Máximo Ferreyra: Hay redes y puntos de contacto por todos lados. Pablo publicó en Recovecos un hermoso libro de cuentos que se llama La canción de las máquinas. José también formó parte de una colección que dirigía Alejandro.
Entonces estaba bueno vincular las dos editoriales, los dos proyectos y todo lo que nos unía, tanto entre nosotros como con Alejandro.
Con Cartografías siempre hubo diálogo y cercanía. Esta edición es, de alguna manera, una síntesis de esos vínculos que se fueron construyendo con los años.
—¿Cómo fue el trabajo editorial para construir este volumen, que reúne dieciséis libros y supera las 800 páginas?
Pablo Dema: Siempre comentábamos con Carlos Ferreyra que gran parte de la producción de Alejandro de su última época, de los últimos veinte años, había salido en Recovecos y Cartografías, aunque también publicó libros en otras editoriales, como Buena Vista, Apócrifa y Borde Perdido.
Así que decidimos trabajar en un volumen que reuniera los libros publicados en las dos editoriales. Recuperamos las ediciones originales y trabajamos conjuntamente en la diagramación, la corrección, las ideas para la tapa y otros aspectos de la construcción del libro.

Amor, de Alejandro Schmidt
—Cartografías y Recovecos tuvieron vínculos muy diferentes, pero igualmente estrechos, con Alejandro. ¿Qué lugar ocupó él en la historia de cada uno de los sellos?
José Di Marco: El vínculo con Cartografías se dio en dos etapas. Entre 2011 y 2012 publicamos cinco títulos: Árbol viudo, Verdad de lo evidente, Tú, Nace tu lámpara y Mi metafísica.
A fines de 2018, Alejandro vino a vivir a Río Cuarto y volvimos a relacionarnos con él, esta vez de una manera más cotidiana y afectiva. Así, en 2019 publicamos Cerca de nada y El espacio intermedio, libros que, junto con el poemario Lejos de todo —del que tuvimos el manuscrito, pero que Alejandro decidió publicar en la editorial tucumana Aguacero—, constituyen una trilogía. Al año siguiente, en 2020, publicamos Problemas con la vida.
Alejandro se incorporó a nuestro catálogo cuando este se estaba conformando y, por lo tanto, lo potenció y lo enalteció. Luego, a partir de 2019, cuando el catálogo ya estaba más consolidado, el efecto fue semejante. Quiero decir que Alejandro le dio a Cartografías más de lo que Cartografías estaba, y está, en condiciones de devolverle a su poesía.
Carlos Máximo Ferreyra: En el caso de Recovecos, mi vínculo con Alejandro siempre estuvo atravesado principalmente por su generosidad. Yo no tengo más que gratitud.
Vos imaginate que nosotros éramos un proyecto que no conocía nadie, una editorial que recién se iniciaba, y de repente él puso sobre la mesa su prestigio. Pero no solamente eso: Alejandro siempre entendió cómo funcionaba el mundo editorial. Entonces, además de decirte “acá está mi prestigio, hagamos esto”, también compraba libros. Eso te permitía tener un capital y un respaldo para que el libro circulara y para poder hacer otros libros.
Ni hablar de la difusión que él hacía por todos lados, mandando libros por correo tanto dentro de la Argentina como al exterior. Siempre nos unió un lazo de mucha sinceridad.
—Carlos habla de Alejandro como alguien muy generoso. ¿Cómo se expresaba esa generosidad y qué recuerdan de su faceta como editor?
Carlos Máximo Ferreyra: Su generosidad era muy concreta. No solamente apoyaba con su prestigio a un proyecto editorial que recién empezaba, sino que también ayudaba a que los libros circularan: compraba ejemplares, los enviaba por correo, los recomendaba y difundía el trabajo de otros.
Y en realidad, en la colección que construimos juntos, él era una especie de coeditor, porque también nos acercaba poetas para publicar. Gracias a él conocimos a Eduardo D’anna, a Dalter, a Mattoni, después surgió Estela Figueroa. Eran nombres que, de algún modo, nos acercaban y estaban ligados a él, y que Alejandro ya había publicado como editor en sus plaquetas.
También nosotros formamos parte de Alguien Llama, editando junto con él algunas plaquetas. Entonces se fue haciendo una especie de comunión y una relación muy cercana entre estas dos figuras: la del autor y la del editor.
Compartimos mucho trabajo. Yo te diría que trabajamos espalda con espalda.
Yo recuerdo dos frases claves de Alejandro. Una era: “No hay nadie, no hay nada, que uno no le deba a los demás”. Y la otra: “No esperes de mí menos que sinceridad”.
Había cosas: le mandaba algunas tapas o algunas ideas que no le gustaban y me decía: “Che, no me gusta esto, vamos por otro lado”. Y siempre trabajamos así.
Tuvimos desencuentros, por supuesto, pero no tengo ningún mal recuerdo con respecto a él. Todo lo contrario: siento mucho agradecimiento y gratitud.
José Di Marco: Creo que una de las cosas más importantes que aprendimos de Alejandro fue a estar juntos, a reunirnos, a querernos, a leernos con respeto entre nosotras y nosotros. También a no considerarnos periféricos con respecto a Buenos Aires, a confiar en nuestros deseos y en nuestro lenguaje, a valorar nuestra experiencia y nuestra manera de estar en el mundo, a permitirnos nombrarnos como poetas.
—Alejandro decía que el arte producido en el interior era muchas veces desconocido o menospreciado por Buenos Aires. ¿Cuánto cambió esa situación y qué significa hoy editar desde Córdoba?
Carlos Máximo Ferreyra: Durante mucho tiempo quizás estuvimos esperando que Buenos Aires nos mirara. Nosotros hemos tenido distribución nacional y hemos hecho muchas cosas, pero me parece que hay muchísimo en el interior, en el diálogo con otras provincias y en todo lo que podemos hacer desde acá. A veces no necesitamos esa centralidad.
Por supuesto, hay muchos compañeros, colegas y proyectos de Buenos Aires con los que dialogamos y hacemos cosas. No se trata de pensar esto como una oposición. Pero sí creo que Córdoba está muy fuerte en cuanto a la cantidad de proyectos y de producción que tiene, y que hoy cuenta con mucha visibilidad.
Y ni hablar de proyectos muy respetados, de mucha trayectoria y muy consolidados, como Cartografías, que trabaja desde el interior del interior, podríamos decir, desde el profundo sur.
Algo que en algún momento podía sonar peyorativo o podía pensarse como una posición de resistencia, hoy yo lo veo como un valor enorme. Una distinción, más que algo que deba entenderse en sentido contrario.
José Di Marco: La obra de Alejandro también fue importante en ese sentido. A la poesía escrita desde el interior la liberó de cierta retórica neoclásica y regionalista, atada a métricas regulares, al color local, al paisajismo, al folklore, a la denuncia explícita, a la confesión efusiva y, sobre todo, a un lenguaje adocenado.
Y a la poesía argentina, especialmente en sus primeros libros y en una época en la que estaba cooptada por los dogmas, contrincantes y complementarios, del objetivismo y el neobarroco, le aportó imaginación efusiva, inventiva verbal y trascendencia metafísica.

Despedida, de Alejandro Schmidt
—¿Esta edición conjunta también puede pensarse como una forma de construir comunidad y sostener proyectos culturales a largo plazo?
Carlos Máximo Ferreyra: No me gusta pensar esta actividad como una lucha, porque si no pareciera que nos ponemos en otro lugar.
Mi trabajo, y en realidad todo lo que hacemos desde la editorial, sí tiene algo de resistencia, pero también lo veo como un juego, como un aporte y como un rol que tenemos dentro de la sociedad: aportar discusiones, mover cosas, abrir nuevos espacios.
Y creo que nos podemos valer por nosotros mismos. Hay mucho para hacer desde el interior y mucho para construir en diálogo con otras provincias, sin que todo tenga que pasar necesariamente por Buenos Aires.
Si tuviera que hacer una reflexión sobre estos veinte años, diría que no hubiésemos llegado hasta acá si no hubiera sido por el diálogo y el trabajo conjunto con autores, editores, compañeros y colegas, de quienes hemos aprendido mucho.
Nos hemos compartido libros, ideas y proyectos. El libro de José Di Marco, por ejemplo, fue una idea de Alejo Carbonell, que un día dijo: “Che, mirá, está bueno lo que está escribiendo José”. A Pablo también lo editamos.
Entonces hay una relación directa entre editores, una comunión de proyectos, una manera de compartir cosas, de avanzar juntos y de tratar de crecer también juntos.
Por eso, lo colectivo me parece importantísimo para sostener proyectos a largo plazo. Y esta edición con Cartografías es, justamente, una muestra de eso.
—Carlos dice que esta reedición es un “homenaje con gratitud”. ¿Qué les gustaría agradecerle a Alejandro?
José Di Marco: Su entrega diaria, constante y absoluta a la poesía.
Carlos Máximo Ferreyra: En mi caso, la gratitud tiene que ver también con todo lo que hizo por nosotros cuando Recovecos recién empezaba. Con la confianza que depositó en el proyecto, con su sinceridad y con esa generosidad que no era una idea abstracta, sino algo que se traducía en acciones concretas.
—Para terminar, ¿hay un libro, un poema o un momento de la obra de Alejandro Schmidt que los haya marcado especialmente?
José Di Marco: A mí, particularmente, Serie americana. Lo leí por primera vez a fines de los años ochenta, en la edición de autor de 1988. Yo tenía 21 años.
Sentí que la poesía se podía escribir de otra manera: apasionada, imaginativa, brutalmente bella. Ese libro cambió mi modo de leer y me incitó a escribir poesía.
Pablo Dema: En mi caso, el descubrimiento de la poesía de Alejandro coincidió con el momento en que lo conocí, cuando empezó a venir con asiduidad a los encuentros poéticos de Río Cuarto, allá por 2005.
Me impactó mucho escucharlo leer, el poder de sus poemas, una suerte de potencia, autenticidad y crudeza que cautivaba a la audiencia. De esos años hay una seguidilla de libros que quedaron como una marca de origen: Llegado así, Mamá, Videla. Son libros que no podían dejar indiferente a ningún lector.
Lo que hace en Videla, por ejemplo, funciona como un gran interrogante acerca del rumbo que estaba tomando la construcción de la memoria colectiva en ese momento. El libro interpela e incomoda nuestro sentido común bienpensante.
Mamá es otro hito. Nunca había leído algo similar sobre el vínculo entre madre e hijo. Alejandro indaga en las ambivalencias y contradicciones del amor filial y materno sin sucumbir a la tentación de los lugares comunes en relación con estos temas.
Por Verónica Dema