Carina Sedevich, Carudium. Río Cuarto – Buenos Aires: Cartografías / La Yunta, 2026.
Salvo por el caso de Klimt (que es un nombre propio de origen eslavo), Carudium [1] vendría a ser el único libro de la autora con título en otro idioma: está en latín, ese latín vulgar que dio origen al conjunto de lenguas neolatinas entre las cuales está el castellano que usamos. Me llamó la atención y me parece oportuno comentar algo sobre este origen, porque la etimología se va transformando en una disciplina imaginaria, cuando una especie de confianza instintiva de los lectores en que las derivaciones de un sonido, una palabra o una expresión a lo largo del tiempo pueden delinear algo parecido a una genealogía de los sentidos/significados, más allá de toda comprobación eventual.
Quizás porque la contribución de Borges a esa transformación no es menor (cuando actuaba su fe en la etimología o resolvía alguna ironía a partir de una derivación no siempre caprichosa) la poesía es un género que él cultivó durante toda su vida modulando en presente cualquier tiempo, sea verbal o no, y sigue siendo el mejor lugar para la intensidad, la resonancia, el peso con que un término dado recorre la cronología de las significaciones hasta hoy. Una modesta presunción de que, aunque no parezca, todo nos llega de alguna parte. Borges sabía que un libro de poemas también puede ser, por ejemplo, una compilación de momentos y estados de ánimo que necesariamente han resuelto parte de sus diferencias en esa convivencia que busca la lectura. Por eso traje su nombre a esta presentación evocando su imaginación editora, o estos versos recónditos en el segundo de sus poemas en inglés, donde escribió: “Yo te ofrezco ese carozo de mí que de algún modo he protegido: / el centro del corazón que no trata con palabras, / no negocia con sueños, y no lo afectan el tiempo, / la alegría, la adversidad”.[2] .
Así, Carudium quiere decir carozo. La portada del libro de Cartografías / La Yunta evoca alguna de esas características ilustraciones botánicas que parecen desplumar un conjunto vegetal en sus partes. Los detalles de algo vivo que se mueve, respira, transita las estaciones del año cambiando de tamaño, formas y colores. Da fruto porque la semilla germinó, y el fruto se vuelve semilla al caer. Aunque la mirada de la ilustración detenga y separe los tiempos, aunque los mezcle o los proyecte desde el instante de la segmentación a una nitidez invariable en blanco y negro, ¿está en Carudium por algún lado esa mirada, la explicación de lo que está unido? ¿Es posible que la lectura de este conjunto de poemas nos conduzca a algún punto de transformación accesible en nosotros mismos, que el carozo caiga y de pronto es la semilla y la vida siembra? Les cuento que a mí me pasó.
El libro reúne 24 poemas organizados en dos grupos de cuatro series. Cada serie lleva su título (“Abrir la boca”, “Descarozador”; “Lo perfecto”, “Lo que falla” son algunos ejemplos tomados de ambos grupos). Pero hay dos versos -propiamente un poema de dos versos- que marca el centro del libro uniendo las mitades como si fuera una fruta. Dice:
Pensaba en mi dureza / cuando pasó el camión de la basura.
Hasta ese momento los poemas se suceden alternando referencias directas a otros autores (Leonard Cohen, Blanca Varela, Giuseppe Comte, Mario Montalbetti) en una destilación personal del idioma como materia, a veces dócil otras imperioso o hasta indiferente, sin dejar de preservar el espacio central del latido o su vacío:
Había palabras. Hace mucho nadie las espera, ahora llevo la mano al descarozador. Llevo la mente al des/carozador. Había palabras numinosas: están mojadas, resbalan y se atoran y/ se vuelven blandas. Residuos que podrían dar alguna cosa. El desnudado descarozador gira garganta abajo. ¿Ves? Y le temías al silencio. Nunca pensaste/ de verdad/ en el carozo.
*
Fibrilar. Dejar de fibrilar/ este color de corazón de una manzana. p.23
Aquí entonces la anatomía de la metáfora: con o sin carozo tragando-sin tragar / con o sin corazón sin pensar-pensando; fractal de Carudium libro, cuando desde
Pensaba en mi dureza / cuando pasó el camión de la basura
se activa la reflexión como algo pasado y provisional, no obstante impenetrable y sólido; pasa un camión por la calle y alguien se distrajo.
En un libro casi remoto donde Alan Watts declara que el verdadero tabú de Occidente es no conocernos a nosotros mismos, dice también: “Nosotros no podemos cortar la cabeza de una persona, o sacarle su corazón, sin matarla. Pero también podemos matarla separándola de su ambiente propio. Esto implica que el único átomo verdadero es el universo, el sistema total de ‘cosas-eventos’ independientes, que solo pueden ser separados unos de otros en el plano verbal. Cuando esto no salta a la vista usted ha sido engañado por las palabras. Confundiendo los nombres con la naturaleza usted termina creyendo que, por tener un nombre separado, es un ser separado”.[3]
Este saberse pensando en la dureza justo en el momento cuando el camión de la basura pasa (hace lo suyo: se lleva la bolsa de plástico llena de deshechos, de los restos del día con carozos seguramente incluidos) marca un punto de inflexión para el libro. Estos vehículos apenas se detienen, lo que ya no sirve no tiene más remedio que irse con la basura cuando pasan. Y la basura (que también tiene su antecesor latino que es versura < verrere, que quiere decir limpiar, barrer) es todo lo que tiramos. De pronto sería irrelevante saber si esa primera persona que pensaba en su propia dureza acaba de dejar una bolsa en la vereda o no, porque ese camión que pasa se lo lleva todo… supuestamente, porque está claro desde antes de comienzo de siglo que restos y desechos son semejante problema que resultó inevitable convertirlos hasta en categorías teóricas.
No se lo lleva todo y ¿qué es lo que queda? “Somos lo que queda de nosotros” -responde Eduardo Rinesi en un libro suyo de 2019 sobre el asunto- (…) ese es el corazón de lo que aquí estoy llamando lógica del desecho.” Y más adelante: “llamo deshecho al sujeto de esa vida colectiva después de que aceptó des-hacerse de una parte de sí para poder seguir tomando parte en ese juego.”[4]
Lo interesante, lo que conmueve en Carudium es que el poema central del libro acusa el darse cuenta de dos cosas que pasan al mismo tiempo en dos lugares próximos o insondablemente distantes, y nada más. Procesos u opiniones son cuestiones de pura intensidad. A partir de aquí, las series de poemas que siguen referencian poesía argentina, y profundizan quiebres delicadísimos entre los vínculos de la poeta consigo misma, con los demás y con la escritura. Las nervaduras de su ambiente sin levantar la voz: cada cosa dice sola su lugar como una pertenencia vulnerada. Son un conjunto de poemas que vienen de alguna unidad perdida pero no extinta, y nos invitan a repasar lo hecho y lo des(hecho) que también somos, como un viaje de palabras genuinas, escritas desde el carozo que nombra su raíz. O quizás transformadas, si volvemos a estos versos de Carina de El dios de los vacíos (2024), donde dice:
Mi cuerpo oficia de médium cuando olvida
Que lo que pensamos unir ya estaba entero.[5]
Por María Calviño
Referencias:
[1] De carudium, caridii (2da declinación).
[2] Mi traducción de: I offer you that kernel of myself that I have saved, somehow –the central heart that deals not in words, traffics not with dreams and is untouched by time, by joy, by adversities. In Jorge Luis BORGES, Obra Poética 1923-1976. Buenos Aires: Losada, 1977, p.175.
[3] Alan WATTS; El libro del tabú. Barcelona: Kairós, 1972, p.75, énfasis del autor.
[4] Eduardo RINESI, Restos y Deshechos. El estatuto de lo residual en política. Bs.As.: Caterva, 2019. p.64 y ss., énfasis del autor; el subrayado es mío. Rinesi distingue sutilmente entre los conceptos de resto y deshecho, aunque para nuestra lectura aquí no es imprescindible.
[5] Carina SEDEVICH, El dios de los vacíos. Córdoba: Alción, 2024, p.29.